jueves, 2 de diciembre de 2010

La enfermedad del fútbol

El minuto de silencio por el clásico lleva más de 72 horas. Desayuno en el bar rápidamente, con sucinta y cobarde ira. Evito los ácidos chistes del camarero del aleti. Evito las portadas del Marca y qué decir del Sport -del lunes para acá lo consulto mucho menos-.

Sí, el minuto de silencio por el clásico lleva más de 72 horas... . y lo reconozco justo el día en que se cumplen 15 años del debut de Guti con el Real Madrid. No sé qué es peor, si su despedida o este homenaje. ¡Ay, maestro Gutiérrez!

Desde hace días evado Punto y Pelota, al siempre elegante Paco García Caridad en Directo Marca y me escondo de El Larguero. Ni me asomo a las firmas de Orfeo Suárez, Santi Segurola y mucho menos a los temperamentales Besa o Carlin.

Me doy la vuelta en la sección deportiva de los informativos y apuro con mi madre y mi hermano las charlas sobre la suerte del Pipa, a quien no le han regalado nada nunca y ahora perece que van a quitárselo todo. No es desdén lo que me ocurre, es algo mucho peor.

Sobrevuelo con ansiedad el vídeo de Youtube en el que dos de mis grandes defensas favoritos chocan en la desaforada agresión de uno para con el otro. Ramos abofeteando a Puyol -sin contar la entrada del sevillano a Messi, et alli-.Burbujeo, como Ramos, entre la ira y la incomprensión. Me duele esa imagen como si tuviera que ver en algo conmigo, ¿tiene que ver? Pues sí. Son mis dos fichas de la selección.

Me ocurre ahora lo que en los museos y las librerías. No me controlo. Una espuma invisible de rabia que suele brotar ante el artista farsante o el escritor listillo es lo que llevo puesto desde el día del clásico. Esta vez, a diferencia de ésas, me callo. Y lo hago porque la sintomatología está muy avanzada. Porque si existe la enfermedad del fútbol, yo la contraje.

Y no es nueva. Ya Nick Hornby la tipificó en Fiebre en las gradas, pero yo la llevo, y muy mal. Lo hago con ansiedad y nerviosismo. Y desde ese día, cada partido me genera una cierta psicopatía . Me pasó con el aleti el miércoles y, ayer, mirando con el rabillo del ojo al Villareal también.

Si quedo con alguien para conversar, no puede ser a la hora del fútbol. No me concentro. Sea de lo que estén hablándome. Y aunque creo que no se ha desbordado -aún disimulo-, debería hacérmelo ver.

Insisto, el minuto de silencio ya pasa de 72 horas. Y de pronto me descubro estudiando alineaciones. Mirando de nuevo los tantos de Villa en el Camp Nou mientras me repito a mí misma: Lo sabía, lo sabía. En cuanto este chaval sintonizara y se bajara de la parra, todo empeoraría. Y revuelvo la sacarina del café como si preparara el conjuro de una quiniela oculta y esotérica.

jueves, 25 de noviembre de 2010

¡Que Dios te bendiga, macarra!


"El deportista sabe lo que le hace feliz y lo que le vuelve loco, y también sabe cómo reaccionar en cada caso. A su manera, es un auténtico adulto. Y precisamente por eso, le sería casi imposible ser amigo tuyo"
Richard Ford. Periodista Deportivo (1986)

Ese sábado Sergio Ramos marcó contra el Athletic de Bilbao. Lo hizo de penalti, vistiendo su número 4. Esa herencia que empuja como una bestia en el algodón de su camiseta. Ese día, en la jornada número doce de la liga, Ramos anotó el tercer gol del partido contra los bilbaínos; también su primer tanto de la temporada.



En la historia del Club, ningún defensa merengue había marcado de penalti desde los tiempos de Fernando Hierro, esa larga sombra a la que Ramos entró a sustituir en el año 2005 y que aún sigue dándole vueltas en su no muy definida posición de central. Sin embargo, en aquel entonces, Sergio Ramos tenía apenas 19 años y destacó, entre otras cosas, por ser el único fichaje español de la galáctica era florentina.

Venía del Sevilla para reemplazar a un jugador al que ni podía, ni puede aún, parecércele. A diferencia de Hierro, que más que un futbolista parece un metal, una aleación que precipita al calentarse, Ramos, en cambio, está hecho de otro material. Algo a mitad de camino entre la piedra y la nada. Ramos o cae de sopetón, o sobrevuela como un rapaz. Lo suyo es ponerse el mundo por montera o tatuaje.

En la temporada 2009-2010, el sevillano jugó 33 partidos, todos como titular.Siendo uno de los defensas más agresivos en su tipo, el jugador de Camas es capaz -incluso en su propio perjuicio- de subir como un potro la banda y lograr el milagro de no dejar huecos al bajar a cubrir un contraataque.

La temporada pasada, sólo en la liga española, Ramos marcó 4 goles, 3 de ellos peinando la pelota, un gesto que se ha convertido prácticamente en su sello. A eso se suman 33 remates, también 19 de cabeza y 312 balones recuperados. Eso, sin contar que a sus 23 años ya había jugado 50 veces de internacional con La Roja (el Niño Torres alcanzó esa cifra a los 24), a lo que podríamos agregar que se había hecho, también, con una Eurocopa y una Copa del Mundo.

Defensa en casi todas las posiciones, su brillo ha estado casi siempre en en el lateral derecho, y aunque muchos quisieran verle permanente de central, otros nos deleitamos mirándole despeinar el césped por la banda.El atributo de Ramos es, a veces, su extraña y casi providencial ceguera, su rara manera de estar en otro lado -¿en la parra?, ¿en dónde?- para aparecer, directo y sin escalas, en un despeje de espanto o un rechazo antológico.Por eso la sorpresa del sábado pasado contra el Athlétic de Bilbao.

A muchos se nos quedó la sangre helada -esa manía de lagartija de grada a la que nos acostumbran estos hombres de corazón caliente- cuando el lateral sevillano decidió que la falta hecha contra Di María en el minuto 56 sería suya. A los pocos minutos de que Undiano hiciera sonar el silbato, Ramos ya había cogido el balón para hacerse con el tiro. Madre mía, ¿qué hace Ramos?

Acostumbrados a verle peinar pelotas en el área, la grada no entendió porqué el andaluz pasó por encima de Cristiano Ronaldo, el lanzador de faltas por excelencia, o el propio Xabi Alonso, el encargado de cobrar el tiro. Y todo lo hizo sin fanfarrias, ni chulerías o gruñido. Tiro porque me toca. Y ya está.

Con o sin piruleta, Johan Cruyff solía –y sigue siendo- lapidario y en este caso, una frase suya me viene a la mente como derribo para quienes nos quedamos con la boca abierta. "El problema para entender las enormes tensiones mentales de los futbolistas nace de la extendida creencia de que son todos idiotas”.

La frase de Cruyff no sólo es la patada del Ramos dispuesto de marcar. Es el chute de adrenalina, el gas inflamable, el factor sorpresa en un Madrid políticamente correcto, que aplana y derriba, pero que extraña la mueca rebelde a la que ahora sólo Mourinho parece tener derecho de uso.

¿Por qué cobró Ramos el penalti? Eso no lo sé. A su salida de vestuario, con una sonrisilla de “me la he cobrao”, habló de haberse sacado una espina ante un gol que se le resistía. Habló del acicalado Cr7, de que él era un amigo y que un amigo podía cederle un gol. Y aún me quedo con la duda. ¿Chiste de vestuario o arrebato del sevillano?



La coz del defensa pilló por sorpresa al mismísimo Mourinho, que con su avinagrada boca, sólo atinaba a repetir "¿Por qué tira el penalti Ramos? ¿Por qué?" Y no alcanzaba todavía el luso a recibir una explicación convincente cuando repetía la pregunta con voz de mando y boca abierta de bagre mugiente.

En el encuentro contra el Athletic, el niño de Camas no sólo tiró la falta, sino que además la condimentó con agallas, como si aquel gol en lugar de ser un tanto se tratara de una verónica contra sí mismo. Y todo lo hizo ante la mirada atónita de un Mourinho que seguía repitiendo "¿Por qué lo ha tirado? ¿Por qué lo ha tirado?" La inesperada cortesía de Cr7 colocaba la guinda sobre un merengón raro, un cacao que sólo alguien como Ramos podría haber montado.



Ese día, Ramos hizo lo que sabe: desconcertar. Porque así es él, un vaivén. El sevillano está siempre cerca de ser perfecto, hasta que aparece en su cabeza la borrasca. Entonces se convierte en lo que, quienes le seguimos, somos incapaces de entender. ¿Qué pasa por la cabeza de este chico? ¿En qué está pensando cuando se desboca, cuando peina las pelotas con la fuerza bruta de quien tiene muy clara algunas ideas?

En su novela La Broma infinita, el novelista David Foster Wallace narra, entre muchas de las historias y escenas, la vida de Orin, el hijo mayor de una familia enloquecida. El chico es un tenista juvenil mediocre, reciclado en pateador de un equipo de futbol, que tiene fobia a las cucarachas y que se dedica a seducir madres jóvenes. Su hermano menor, Hal, es brillante. Se trata, en efecto, de un ágil estudiante y un veloz tenista que llegó a memorizar el diccionario sólo para impresionar a su madre. Vamos, una cápsula de petri donde la locura, competición y la sospecha de una inteligencia que conduce en la vía contraria se fermentan, poco a poco. ¿Será esto lo que pasa con seres como el central o el mismísimo maestro Gutiérrez?

Gran parte de la novela de Wallace gira alrededor de la Academia Enfield de Tenis, uno de los escenarios principales de la novela, muy cercano a Enner House, un centro de desintoxicación. Mientras los residentes de la Ennet House intentan superar su adicciones, los niños de la competitiva y Academia de tenis se colocan.

Todo esto ocurre en medio de una alucinada familiaridad hogareña, a punto siempre de romperse. Algo así como un mundo de gas que espera el pelotazo seguro de las expectativas. Pienso en el penalti de Ramos, mi reciente tendencia a ver en el fútbol un lenguaje superior y comienzo a preguntarme, seriamente, si un día de estos empezaré a hablar de langostas.

Releo las páginas de La broma infinita y siento que a veces veo en Ramos a los dos personajes,a Orin y a Hal, peleando dentro de su uniforme, como una batalla de gatos furiosos a punto de arrancarse los ojos a la velocidad de sus piernas y la vivacidad de sus jugadas.

Cartulinas aparte, porque no me interesa hablar de las rojas del AJAX, tengo aún en mi mente al Ramos brillante que para impresionar a sus propios vitorinos -para ser el torero que es sin capote- se ha puesto frente a los tres palos. Y lo ha hecho sin pedir perdón ni permiso. Ole, macarra. Que Dios te bendiga.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Sobre la esfericidad de ciertas catedrales



Si Mario Livio aseguró que Dios estaba en las matemáticas, Julio Cortázar domesticó el cuento proclamando su esfericidad y Vasily Kandinsky comprobó que el blanco es en el alma de los seres humanos el silencio de las posibilidades, entonces mi corazón de ganado puede mugir tranquilo su oración de grada.

En las últimas jornadas de liga, y la mayoría de los encuentros de Champions League, sobre la feligresía merengue se posa una iluminación. Parece que en cada jornada, el Real Madrid perfecciona su juego. Es como si, de pronto, los jugadores no pertenecieran a sus propios cuerpos sino al lugar que ocupan en el campo.

Dependiendo del orden y la posición de una pieza, la armonía de una obra asciende o se quiebra, lo mismo que ocurre en todos los lenguajes: desde la matemática hasta la música. Una posición adelantada puede ser tan desafortunada para quien la perpetra como para quien la ignora o la permite -¿les dice algo el último San Siro?, tal y como los malos poetas que se hacen aplaudir por sus aún peores lectores.

Después de dos temporadas desastrosas y tras cambiar de entrenadores cinco veces en cuatro años, el Real Madrid parece justificar, al fin, su nívea indumentaria. Y lo hace siguiendo los axiomas por los que la mayoría de los filósofos y los estetas han perdido la cabeza, ya sea por la vía de la voluntad o la guillotina: la matemática, la esfericidad y la blancura. ¡Que Goethe nos agarre confesados, porque yo de Roncero estoy sinceramente cansada!

Si Dios está en las matemáticas, el credo madridista baja del Photocall del Olimpo y se gana su aureola a patadas con las estadísticas. Cito: En el partido de ida contra el Milan, las ocasiones totales de gol de los italianos fueron 8, ¡ocho ocasiones de hechas por 11 hombres a lo largo de 90 minutos! En ese mismo tiempo, en el mismo partido, tan solo Cristiano Ronaldo hizo la misma cantidad de ocasiones de gol.




Pero dejemos a un lado a Cr7, demasiado contaminado mediáticamente. Citemos a Sergio Ramos, defensa merengue, segundo capitán del Madrid e internacional con la selección española. Ramos es el lateral que más balones roba en la Liga: uno cada 7 minutos.

El dígito de la temporada… Özil, el medio ofensivo izquierdo, que ya suma 14 partidos entre Liga y la Champions - 12 de ellos como titular- . A lo largo de todo estos encuentros, el benjamín ha marcado 4 goles, ha participado en 4 asistencias de gol, efectuado 18 disparos y 9 disparos a puerta. Su juego es tan potente como la órbita de sus ojos raros y el efecto barrido de sus veloces regates.

Enamorada y salvaje, la grada del Bernabéu, tan dada a la pedante y aristócrata mueca del forofo ofendido, más de una vez se ha puesto de pie para aplaudir a este joven de 22 años que sin saber hablar una palabra de español parece entender a la perfección un juego que a Benzemá le ha costado –y seguirá costándole- meses o años, para deletrear. Y he allí mi segundo axioma. La esfera estética, en este caso más cortaziana y arquitectónica que mística, entre otras cosas porque la época de Los ángeles blancos ya pasó… ¿Verdad Carlin?

El blanco, considerado en el código del arte y el pensamiento occidental como la máxima presencia de luz, la metáfora del conocimiento como vía para llegar a la perfección, el éxtasis religioso o la pureza, es el color que viste a esta oncena. Y vale -seamos sinceros-, estos señores puede que no destaquen por las virtudes de un Santo Tomás o las iluminaciones de un San Agustín y, sin embargo, esferizan lo plano.

La alineación en la que sintonizan Di María y Özil logra lo que en su momento hizo el arco romano, a fin de cuentas una abreviada circunferencia, con las primeras iglesias románicas: descargar el peso de los gruesos muros, permitir la aparición de columnas y los posteriores arcos ojivales, un tipo de estructura cuyos nervios permitían sostener el peso de la construcción y dejar libres las paredes para la aparición de enormes ventanales. Las iglesias se llenaron de luz. Las catedrales se estiraron como peticiones y en ellas entraron los rayos del sol intervenidos por el juego de los rosetones y los vitrales.

Esa es la luz que ha entrado en Chamartín. Con un extremo como Di María, que ayuda a defender y descarga a los laterales, y un medio menos patoso –bendito con el polivalente Xabi Alonso- dotado de un juego más creativo, el Real Madrid es capaz, ahora sí, de ganar por knock out.

Decía Cortázar al referirse los cuentos, que un relato, para ser tal, debía poseer una esfericidad, una capacidad para atarlo todo a medida que cobraba forma. Así, una vez que se acercaba su fin, todo en la historia cobraba un pasmoso y envolvente sentido; de ahí la teoría del argentino de que mientras el cuento ganaba por knock out, la novela lo hacía por puntos. Pues así está este Madrid, esférico, como un artefacto del Cronopio Mayor.

He visto catedrales elevarse por encima de mi diminuta y hueca cabeza. He conocido las versiones restauradas de basílicas que, se supone, lucían de otra forma al momento de ser construidas, pero algo en esta noche de camorra e injusticia –veo el partido de vuelta, Milán-Madrid- me muestra en el minuto 90, con el gol de Pedro León, a un equipo que eleva catedrales, para que entre ellas toda la luz y, por qué no, el silencio de las posibilidades en el alma de los que aún desean.

sábado, 30 de octubre de 2010

Retrato de un hombre trabajando


Hace ya cuatro años desde entonces, pero he vuelto a verla. En el último partido del Real Madrid que vi en el campo, contra el Racing, me propuse con Özil la misma tarea que en su día acometieron el británico Douglas Gordon y el francés Philipe Parreno con Zidane: seguirle atentamente durante todo el partido.

No tenía las 17 cámaras, tampoco las pretensiones de la pareja de artistas, y mucho menos el talento para hacer de eso un acto estético. Yo lo hice por razones futboleras, ellos por temas plásticos. El asunto es que mi experimento terminó con un gran dolor de cabeza, una idea fragmentada del juego del alemán y la imperiosa necesidad de volver a ver Zidane, a 21st Century Portrait (2006).

Este vídeo a color fue realizado por Gordon y Parreno el 24 de abril de 2005 en un encuentro entre el Real Madrid y el Villarreal en el estadio Santiago Bernabéu. Dura en total 90 minutos -el tiempo de juego- y tiene como particularidad el hecho de que en él sólo interviene, desde distintos puntos de vista, Zinedine Zidane, en ese entonces jugador del Real Madrid.



Para llevar a cabo este proyecto, Gordon y Parreno echaron mano de 17 cámaras digitales de 70-2.100 mm enfocadas sólo en él. La precisión nos acerca a detalles tan nimios como las botas del astro, una banda en su muñeca, o los poros de su rostro. Todo en el vídeo nos empuja al dorsal cinco, al galáctico, que parece flotar en el eco de la muchedumbre y el sonido de su propia respiración.

Zindane, a 21st Century Portrait fue presentada en el 59 Festival de Cannes, en la Feria Art Basel y sobre ella se escribieron muchos ensayos, entre ellos The job changes you, de Tim Griffin, editor de Art Forum, quien se planteaba el culto debate del retrato dentro del estadio, el lugar por excelencia de la cultura de masas. Lo curioso, y en eso hay que darle la razón a Griffin, es que la mirada permanente sobre Zidane muestra a un hombre absorto, volcado en el hacer.

Y es justamente esa noción aislada del individuo en medio de la acción lo que hace resaltar aún más. Zizou solo en la acción llega a transmitir incluso lo que veríamos un año después en su cabezazo a Materazzi: el solipsismo, la idea del hombre consigo mismo. En el terreno audiovisual, en la cancha, el lugar de los vítores y los Once de la tribu (Villoro dixit), es posible aún retratar a un hombre que está solo y rodeado. El retrato del artesano, del hacedor o el campesino de los siglos XVII o XVIII se traduce, de pronto, en un hombre de pantalón corto –admirado por 80.000 espectadores- aprisionado en 17 visiones simultáneas de sí mismo. Los videoartistas además, deliberadamente, silencian a la multitud, la difuminan, la alejan y la acercan, y crean una banda sonora en la que uno puede ver al argelino flotando –abstraído- con un fondo musical de Mogwai.

Gordon, el videoartista británico, ganador del Premio Turner (1996), la Bienal de Venecia (1997) y Hugo Boss (1998) dijo en su momento que ésta no era “una película sobre el fútbol, es un retrato de un hombre trabajando”. De hecho, poco antes de llevar a cabo la filmación, Gordon y Parreno se fueron al Museo del Prado para conseguir justamente en Velázquez y Goya los referentes que buscaban.

Ahora que vuelvo a ver una parte del vídeo –en España se presentó en el Musac-, me viene a la mente la idea de pedestal, ventana, recuadro, escenario. El campo es el lugar de las representaciones simultáneas. Ocurre todo a la vez, la victoria, la derrota, la acción de 22 jugadores, la grada e incluso la propia e íntima soledad de un hombre retratado por 17 cámaras. Miro el vídeo y sin saber porqué, me emociono.

domingo, 17 de octubre de 2010

'Iván, el terrible' y otras chatarras del odio

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El partido entre Italia y Serbia para la fase de clasificación de la Eurocopa 2012 duró seis minutos. No más. El marcador empataba a cero en el estadio Luigi Ferraris de Génova cuando una bengala cayó a los pies del portero italiano Francesco Viviano. Pero a ésa siguió otra, otra más, y otra más. Fue entonces cuando el árbitro decidió suspender el encuentro entre los dos equipos del Grupo C. Los hinchas serbios habían logrado, al fin, su objetivo.
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Esto podría ser fútbol, si hubiese un balón de por medio. Pero no es el caso. Los más de 100 ultras serbios que derribaron las barreras de plexiglás, se enfrentaron con la policía y atacaron a su propia selección, no eran una horda eufórica, tampoco un rebaño de corpulentas ovejitas negras pringadas de alcohol. No descargaron su furia contra los Azurri. No era precisamente contra ellos que descargaban buena parte de la artillería.

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Poco antes del encuentro, Vladimir Stojkovic, el portero de la selección serbia, fue alcanzado por una bengala arrojada contra el autobús del equipo. El técnico italiano Cesare Prandelli dijo a la prensa que, a su llegada al estadio, encontró a Stojkovic, temblando, en los vestuarios de los Azzurri. 400 "hinchas" dispuestos a linchar a su selección. Una forma curiosa del afecto en la grada. Eso, o se trataba de los jugadores número doce más letales en toda la historia del fútbol. Sinceramente, no me creo ninguna de las dos.
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Entre los 17 arrestados en Génova, el más suculento es el líder Ivan Bogdanov, el hombre grueso, cubierto con un pasamontañas y los brazos tatuados que se trepó a la valla de seguridad para cortarla con unos alicates. En otras instantáneas puede vérsele arrojando bengalas cual ciclópeo personaje. Iván el terrible, como ahora le llama la prensa italiana, tiene 29 años y es el líder del grupo Tigres de Arkan, seguidores del club serbio Estrella Roja.
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Tigres de Arkan habla por sí solo. Arkan es el apellido de Zeljko Raznatovic Arkan, quien, en los años noventa, durante la descomposición de la antigua Yugoslavia, organizó y fungió de líder de los ultras del Estrella Roja, a la vez que ejercía de criminal militar durante el conflicto yugoslavo con el grupo paramilitar Tigres. Esta facción de ultraderecha propugnaba, entre otras causas, la superioridad racial serbia y la necesidad de una limpieza étnica... ¿Alguna coincidencia?
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Usando el pretexto del patriotismo, Arkan supo combinar fútbol, fanatismo y violencia.Inoculó, como ocurrió también en la década de los ochenta, ese discurso de los serbios como una raza superdotada para la acción y el deporte, pero humillada por las potencias extranjeras. Lo que vimos el 12 de octubre fue la espuma, la boca rabiosa venía detrás.
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El deporte, más concretamente el fútbol y el baloncesto, se identificó como una manera de vencer, humillar y mantener a raya a los enemigos extranjeros y las razas inferiores (bosnios). Bogdanov como corpulento y mostrenco sucesor de Arkan está haciendo lo que le enseñaron: odiar.
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En los noventa, los ultras del Estrella Roja se convirtieron en una banda de choque contra los del Partizán, que fue no sólo un rival deportivo sino también racial. El Estrella Roja es serbio, dicen sus seguidores; el Partizán es un equipo musulmán. Ya nos podemos imaginar, claro está, quién se supone el racialmente superior en este asunto. Una expresión, en miniatura y con alineación, del conflicto balcánico. Lo que ocurrió en Génova está más que claro. Bogdanov lo dijo, además. Él y sus chicos iban por Stojkovic. Formado en el Estrella Roja y ahora fichado por el gran rival, el Partizán, el portero incurrió en la traición y había que hacerle pagar por eso. A un precio cívicamente enloquecido, pero había que hacerlo.
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Lo que se vio ese día no es para enrostrárselo al fútbol, porque en nada tiene que ver con sus leyes ni con sus asuntos. Esta violencia viene de otra parte. Está fuera del césped. Viene de un lugar lejano, de una guerra perdida en el tiempo, que todavía sigue expulsando sus satélites y chatarras de odio.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Manual de futbol para turistas, ilegales y expatriados

En verano de 2008, un cayuco con cuatro cadáveres -los otros diez los habían arrojado al mar- y 55 personas vivas llegó a la isla de la Gomera proveniente de Senegal. Los sobrevivientes, interceptados por una lancha de la policía, formaron parte de los 13.000 náufragos ilegales que ese año intentaron pisar territorio español. Ellos entraron vivos en las estadísticas. Cerca de 7.000 no lo consigue, se los traga antes el mar.

Año tras año, África expulsa a los suyos en un viaje de más de 1.500 kilómetros y cinco días desde Mauritania hasta el norte de las Islas Canarias, la ruta más transitada para quienes deciden emigrar. Existen otras cuatro formas diferentes de llegar al archipiélago canario, cada una con un precio cercano a los 600 euros por tripulante, aunque si el cayuco parte de Marruecos, el viaje asciende a 1.500, según cifras aportadas por La Cruz Roja.

En estas barcas, de unos 25 o 30 metros de largo, pueden viajar entre cien y ciento treinta personas. Campesinos, cabreros, mecánicos, pescadores, universitarios. Se calcula que las mafias que comercian con la inmigración ilegal ganaban cerca de unos 75 millones de euros anuales entre los años 2008 y 2009, antes de la crisis económica –la cifra de desempleo en España creció de 11% a 18%- que hizo descender a sus mínimos históricos los niveles de inmigración ilegal. Los traficantes de migrantes son a su manera, coyotes del agua. Su trabajo es embarcar, y embaucar, a los pasajeros. El resto lo hace el mar, la suerte o la muerte.

Los hombres que desembarcaron ese verano llevaban casi una semana conviviendo con una purulenta tripulación de cadáveres en descomposición. Llegaron a tierra cual pasajeros de una barca fúnebre. Después de pasar los controles médicos y aún a la espera de una respuesta sobre la legalidad de su estatus en suelo español, uno de ellos compareció ante la prensa española, que no tardó en hacerse eco de su historia.

Tenía los ojos negros y la piel brillante. Los dientes blancos y la mirada desenchufada. Parecía un hombre que llega del infierno como si se tratase de un lugar normal. A la espera aún sobre su posible repatriación, este estropeado marinero, este Ulises pinchado en su barca de hule, dijo haber cumplido, al fin, su sueño. No sólo había llegado a España, sino que lo había hecho vistiendo una camiseta del FC Barcelona, un sentir que bien podría ser una marca pero que arranca furores incluso en lugares como Sierra Leona.

El sujeto pronunció sus palabras como quien está en trance: mirando hacia ninguna parte y vistiendo los jirones de algo que en algún momento fue una sudadera de rayas azules y granate. El negro, de ojos sin corriente, llevaba puesta la camiseta con el dorsal 10, el número del delantero derecho argentino Lionel Messi, quien también había cruzado una extensa mancha de agua para llegar a España, de otra forma, pero la había cruzado diez años antes, en 1998.

Messi, nacido en Rosario, Argentina, llegó a Barcelona siendo apenas un adolescente con problemas de crecimiento. Pero tras dejar apalabrado y firmado su contrato en una servilleta, se convirtió en el niño prodigio de La Masia, la cantera azulgrana de la que han salido prodigios como Guillermo Amor, Pep Guardiola, Xavi Hernández y Charles Puyol.


Al momento de entrar en La Masía, Messi tenía apenas 13 años. Lo habían rechazado en el River; era demasiado pequeño para su edad. Hoy apenas alcanza el metro setenta, estatura suficiente para ser el Balón de Oro 2009, el primer argentino en obtener el premio que entrega la revista France Football y el séptimo azulgrana después de Luis Suárez, Cruyff, Stoichkov, Ronaldo, Rivaldo y Ronaldinho. Cosas del mar...

***

Anfiteatro del Camp Nou, distrito de Les Corts, Barcelona. El Templo culé –y catalanista- en pleno y más agudo orgasmo. Las gradas desde donde veo el primer tiempo de los azulgrana contra el Valencia limitan con el palco de Joan Laporta, en aquel entonces todavía presidente del equipo y canciller deportivo del independentismo catalán. No en vano, meses después, justo antes de que el Tribunal Constitucional se pronunciara (sin hacerlo finalmente) sobre el Estatut y tras lograr el triplete de Champions, la Liga Española y la Copa del Rey, un henchido Laporta se lanzó a la calle para pedir respeto a la soberanía catalana. Lo hizo varias veces. La primera a luz del día.

La segunda, de madrugada y con antorchas, durante la conmemoración del 69o aniversario del de la muerte último presidente republicano de la Generalidad, Lluís Companys, quien fue fusilado por fuerzas franquistas en el foso de santa Eulàlia del Castillo de Montjuic, en 1940.

A mi lado, un par de ancianos hablan en el más puro y duro de los catalanes. Una orgía de eles y plaus imposible de descifrar para cualquier oído pedestre. Los hombres no se han dirigido a nadie en castellano. Puede que no les interese, que no lo necesiten, o que en este estadio nadie hable español y aún no me haya dado cuenta. La megafonía canturrea, también en lengua local y sin traducción, las señas de un niño perdido que espera a sus padres en la puerta número 56. “El nen extraviat, a la porta número cinquanta-sis”.

Dos filas más atrás, un hombre de piel negra –brillante, casi como una piedra lisa y pulida- grita improperios y vítores. Lo hace en un español defectuoso y provisional, un español incompleto y rudimentario pero profundo. Lanza palabras que parecen dichas por un niño. Palabras incompletas, cortadas, casi nuevas y poco aceitadas. “Gudjohnsen, tío, no vales para nada. Para nada”. Y aunque le faltan acentos y vocabulario, al voceador le sobra razón.


Miro al campo y compruebo las afirmaciones de mi vecino de grada. Eidur Gudjohnsen, el que en ese entonces era el centro campista islandés de los catalanes para la temporada 2006-2007, era un paquete. Por eso lo traspasaron al Mónaco. Pero Gudjohnsen era lo que menos importaba en este momento. Era la piel brillante del hincha y sus palabras poco aceitadas. Eran sus gritos y su emoción. Me di la vuelta

Su grueso forro polar. Sus manos toscas, hinchadas de cargar cosas. ¿Qué hace este hombre? ¿En qué trabaja para costearse una entrada en esta zona de rancios y abonados catalanes? Su voz parecía la uña que chirría contra un pizarrón. Una electricidad que enciende cuando alguien es capaz de asignarle al césped del campo la condición de una patria a la que sí parece invitado.

El hombre continuó gritando improperios contra Gudjohnsen ¿Y quién se supone el resto para sospechar de su abono, la elección de su patria o lo que sea? La pareja de ancianos catalanes mascaba palabras incomprensibles, mientras yo me quedé mirándome las uñas y los prejuicios.

Los afectos ciudadanos que despiertan el azul y el granate del Barça suponen una heráldica cuyo efecto se equipara a las cuatro barras rojas de la bandera catalana. Recoge Robert Hughes, en Barcelona La Gran Hechicera, la leyenda que atribuye las barras de la bandera catalana a una leyenda según la cual éstas son las marcas que dejó el hijo de Carlomagno para Wilfredo el Velloso, el fundador de la independencia nacional de Cataluña.Tras mojar sus dedos dentro de la herida del guerrero Velloso, rascó el escudo con las yemas dejando cuatro trazas de sangre. Cuatro líneas rojas y rectas. Las mismas que hoy dan ritmo a la bandera catalana.

La leyenda, insiste Hughes, jamás ha sido confirmada, porque las fechas de muerte de ambos personajes son demasiado remotas, valga acotar. Más allá de eso, nadie supone una escena de ese tipo con el suizo Hans Gamper y los 12 culers con los que fundó el Club, pero la épica es necesaria, de lo contrario, quién cruzaría el mar en una barca llena de cadáveres vistiendo las espaldas con la réplica futbolera del garabato guerrero.

Hay quienes dicen, entre ellos Kevin Connolly y Rab MacWilliam en Campos de Gloria. Senderos Dorados, que las rayas de la camiseta culé, se supone, están inspiradas en los colores del Merchant Taylor’s, el colegio privado al que asistió Alfres Whitty, el primer capitán del equipo catalán. Pero ninguna patria, sea propia o adoptiva, puede ser aséptica. Para que sea propia o deseada como tal, necesita una mise en escène. Y la ciudadanía del balompié no escapa a esas coreografías cívicas. Necesita danza, arrebato.

El Cant del Barça podría ser el himno nacional de una nación de inmigrantes. "No importa de dónde vengamos, si del sur o del norte, pero estamos de acuerdo, una bandera nos hermana". Y a pesar de eso, la versión oficial, compuesta en 1974, está íntegramente escrita en lengua catalana. He ahí el extraño cosmopolitismo barcino, imposible de descifrar, incluso en el himno de su club de fútbol.

Esa patria se juega con los pies. Su himno es la muchedumbre y la dirección de su estadio un pase que sigue la avenida de la Diagonal. Aquí todos tienen derecho a pitar por igual. El hombre del español poco aceitado, el chico que no llega al metro setenta, el malhumorado abuelo de las “eles” y los “plaus” y hasta el mismísimo xarnego de Juan Marsé del barrio El Carmelo.

En medio de todos nosotros hay demasiado césped, también enormes manchas de aguas, cercanas o remotas, pero suficientes para nadar durante toda la eternidad. Y entonces me da por pensar de nuevo en el hombre del Cayuco que pisó España con la camisa del Barcelona. Pienso en él mientras muerdo, sin mucha convicción, la cáscara salada de una pipa.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Piangere


Julio Sergio llora en el área. Su equipo pierde contra el Brescia 2-1. Apenas hay 10 hombres en el campo tras la expulsión del defensa Philippe Mexes. Su técnico, Claudio Ranieri, no puede sustituirle. Ha agotado los cambios y Sergio su paciencia. El guardameta de un metro ochenta y siete centímetros arruga su barbilla e, impotente, manotea contra el palo derecho mientras sorbe sus babas y, derrotado, chilla. Pienso en Peter Handke, y me pregunto en qué estaba pensando cuando escribió El miedo del portero al penalti.

No fue discreto. No se dio la vuelta ni apretó los dientes. Con la boca abierta, arqueada hacia abajo, como los niños -o los hombres humillados-, el portero de la Roma lloró amargamente. Apoyado en el palo de una portería, incapaz de atajar nada que no fuesen pinchazos en su tobillo lesionado, el brasileño Julio Sergio estuvo condenado a permanecer en el terreno de juego durante más de cinco minutos hasta que acabara el partido.





Miro su imagen en You Tube, una y otra vez, y hasta me parece advertir un brevísimo hilo de saliva que aterriza en su cabello desde la grada tifosa del estadio Mario Rigamonti. Peor que la derrota es sin duda la torcedura en el tobillo que le estropea el alma al feroz ladrador y lo confina a ese pozo de rabia y llanto. En este juego, el hombre vuelve a ser niño. Por alguna extraña fórmula de esa hierba que reviste los campos, sobre ella los hombres a veces conmueven y enloquecen, se engrandecen y se derrumban, solos y desamparados, como estatuas rotas.

martes, 21 de septiembre de 2010

¿Cómo ganar un partido con un solo hombre?

Si el Madrid jugara todos los días como lo hizo ayer, Xavi Alonso podría terminar el año como el Juan Poltí de Horacio Quiroga, tendido en el medio del campo. Lejos esté el vasco, ¡por todos los Santos!, de la trágica suerte del half-back del Nacional de Montevideo, versión literaria que hizo Quiroga de Abdón Porte, el mediocampista que se quitó la vida de un disparo en el centro de la cancha.

Lejos -insisto- esté la suerte de Alonso de esta truculenta historia. Pero algo sí es cierto, y en eso la metáfora lleva razón: enloquecer a un hombre haciéndole correr y tirar a solas, durante más de 90 minutos, de un juego sin propósito es como ponerle un revolver en la mano. Da igual que tenga o no balas. Acabará tendido. Exhausto. Finito. Caput.

En el encuentro ante el Espanyol ayer en el estadio Santiago Bernabéu, el Real Madrid no jugó con 10 hombres, porque desde el comienzo lo hizo tan sólo con uno, el actual dorsal 14 merengue. Un Lass Diarrá destemplado -e incapaz de acertar un pase- obligó a Alonso a hacer doble trabajo: el suyo, el de Diarrá y, de paso, el del resto del equipo.
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Presionados por el rumor de la grada, el Madrid del primer tiempo obligó al centrocampista vasco a recuperar balones absurdos, desperdiciados en jugadas nerviosas. Un Özil diluido y mucho menos eficaz sumó preocupación a la afición pero también yardas a la ya penitente carrera de Alonso durante el encuentro. Es cierto, el mediapunta no tiene porqué recuperar balones, pero cuando el 14 se rompe el pecho, no estaría de más mirar atrás.

Xavi Alonso -también el juego del Madrid- comenzó a ver algo de luz con la llegada de Khedira en el minuto 27 del segundo tiempo.También con la intervención de Arbeloa. La aparición de ambos jugadores rearmó el esquema. Donde reinaba la dispersión fue posible untar algo de pegamento.

Llueven galácticos, aterrizan torrenciales místers en Valdebebas, y sin embargo, el Madrid tiene el mismo problema. El centro del campo, siempre ahí, gravitando como un agujero negro que se traga el juego merengue de un bocado. El mismísimo cañón del revólver a punto de cargarse lo que aún no ha comenzado.




Ayer, apenas unos minutos después de terminarse el encuentro, el periodista Santiago Segurola hizo notar en Radio Marca a un destemplado grupo de colegas suyos–todos demasiado atascados en el asunto arbitraje (que sí, fue lamentable)- lo que desde un comienzo se hizo obvio: Xavi Alonso estaba –y muchas veces está- tirando del carro solo. Y aunque las cifras sostienen al equipo -10 puntos, 6 goles a favor y uno en contra en cuatro partidos-, el Real Madrid no está para estos desafinados recitales.

El juego hubiese estado completamente roto –sí, mucho más de lo que estuvo- de no ser por Xabi Alonso, que se montó en los hombros, él solito, el peso del esquema 4-2-3-1 -anterior a la roja de Pepe- con el que ni el mismísimo Mourihno ha revivido el centro del campo del Real Madrid.
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No se puede pueden sostener dos balas de plomo con una única soga, porque al final, terminará por reventarse. El acertijo entonces no sería cómo ganar un partido con un solo hombre, sino cómo jugar ese mismo partido sin cargártelo y, deseablemente, acompañándole de 10 más.

En menos de ocho días, el Real Madrid ha jugado tres veces. Contra el Ajax, la Real y ahora el Espanyol. En las tres oportunidades, Xabi Alonso ha corrido lo que muchos de sus compañeros no llegarían a completar –con cierta eficacia- en una sola jornada.

A eso se suma un tema de Dianas móviles. Durante el encuentro con el Ajax -que tanto la prensa como la afición destacan como el mejor partido del Madrid hasta ahora- hicieron falta 26 tiros para lograr dos goles. Anoche, aunque marcaron CR7, Benzemá y el Pipita (en jugadas completamente aisladas), Gonzalo Higüaín desperdició seis ocasiones, entre ellas un oportuno tête à tête con Kameni que la grada no tardó en castigar con su ruidosa justicia de abucheo.
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El partido de anoche, además de feo, volvió a dejar en la mesa el aroma de las dudas. Podría llegar un día en que la sobrecarga deje a Alonso, y por ende al juego del Madrid, tendido de largo a largo, y sin la certeza de resurrecciones express. Porque hasta para revivir hace falta un plan claro que aún el –cada vez menos níveo- Real Madrid no termina de aclarar.

Sergio Ramos. De la luna al centro. Ayer, el segundo capitán del Madrid comenzó el partido de forma muy parecida a como jugó contra la Real Sociedad, con descuidos, gazapos, huecos y balones perdidos. Una vez reajustado el campo, y devuelto a la posición de central -donde suele verse demasiado encorsetado, a veces- Ramos recuperó lucidez, velocidad y pegada como defensa. Sobre el partido, el sevillano dijo al Marca. "Entendemos al madridismo. Ellos esperan mucho de nosotros y quieren que juguemos bonito, y ante el Espanyol no lo hemos hecho. Pero lo importante son los tres puntos".

domingo, 19 de septiembre de 2010

El cíclope y el tobillo



Agarrarse al magnífico De Gea que ayer evitó siete goles en el Vicente Calderón hubiese sido suficiente para los colchoneros. Un Barcelona menos aflautado, pero mucho más directo, se enfrentó ayer a un Atlético de Madrid que, cuando comenzó a acabársele el fútbol, optó por las entradas y los barridos.
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El primer tiempo dio fútbol y fuego, a partes iguales.En el minuto 13, con un tanto geométrico, Messi preparaba el remedio culé contra el mal del Calderón. Y aún en el empate que consiguió García, los azulgrana parecían sudar la fiebre colchonera para quitarse esa peste por un buen rato.
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El gol de cromo de Piqué en el minuto 32 de la segunda parte aceleró aún más el ritmo del encuentro. Los rabiosos colchoneros se fueron por las ramas. Ciegos en el campo y secos de talento (¿alguien vio al Kuhn?), dejaron el peso a De Gea y se dedicaron a la bisutería y la hojalata del fútbol: más patadones y puntapiés que pases acertados, pozos de rabia dónde marcar los goles que no entraron en la portería de Valdés.
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Pero nada hasta ese entonces había resultado tan vulgar y pobre como el tiempo de descuento, cuando el frustrado y ciclópeo Ujfalusi -sin ninguna necesidad- le machacó el tobillo a Messi, como si haciéndole polvo el ligamento al argentino, el jugador pudiese defender el puesto de su equipo en la liga.
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¿Un atlético feroz? ¿Colchoneros dispuestos a pelear por un puesto en la clasificación? Para ser un equipo familiarizado con la derrota (¿no es ése el dulce amor de su afición? ¿el querer sin pedir nada a cambio?), encajaron mal el repaso de anoche. Qué poco fútbol hay a las orillas del manzanares.

Razonamientos ligueros. Proposición Nº. 1



“Todo había empezado, según Piel Divina, con un viaje que Lima y su amigo Belano hicieron al norte, a principios de 1976. Después de ese viaje ambos empezaron a huir, primero por el DF, juntos, después por Europa, ya cada uno por su cuenta. Cuando le pregunté qué habían ido a hacer a Sonora los fundadores del realismo visceral, Piel Divina me contestó que habían ido a buscar a Cesárea Tinajero”.
Roberto Bolaño. Los detectives salvajes


Si el tiránico y adiposo Maradona es el Ignatius Reilly del fútbol y Zizú el perseguidor de algo que poseía de antemano-un Horacio Oliveira del área-, entonces la proposición lógica es más que factible. Los hombres que juegan al fútbol son buscadores, recomponedores de un lugar que está constante y progresivamente vacío. La portería y los espacios en blanco que separan al jugador de los tres palos son su lugar de partida –y llegada-.
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Los futbolistas no sólo corren tras el balón o delante de él. Existen, simultáneamente, con él. La sola suposición en contrario convertiría todo en un episodio demasiado vertical. Jugador persigue pelota. Pelota entra en portería. A_____________B.
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La teoría del juego quedaría abreviada en el despropósito y la gente iría al campo a ver algo que no tendría chiste. De ser cierta esa premisa, los jugadores dejarían de ser el Ulises prototípico, y se verían obligados a abreviar sus movimientos, para llegar rápido al fin de su travesía. ¿Quién quiere un héroe tan disfuncional?
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Nada puede ser tan recto, menos aún cuando el rodeo es, por definición, la parte central en el ser del perseguidor. Quien busca, lo hace con cierta demora y belleza. Quien busca también pospone. Para ello baila o derriba, pierde o recupera. Ataca y defiende.
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Once individuos actúan de manera simultánea en un mismo espacio. Lo hacen contra una oncena contraria, que busca exactamente lo mismo, y con la que comparte una variable adicional: ambos ignoran qué elección tomará su oponente para hacerse con el objeto deseado. Perseguidores, buscadores… ¿Detectives?
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Veintidós jugadores con, al menos, dos decisiones por movimiento: hacer o no hacer, que también podría ser derecha o izquierda, arriba o abajo. Es suficiente margen para pensar en una red de posibles conexiones que cada futbolista debe buscar, como quien toca los ladrillos de un muro o busca la tecla adecuada. Un mecanismo que se activa como los bailes o las guerras; algo bello y atroz en el imprevisto.
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Una armonía oculta hace que los perseguidores sean capaces de hallar la jugada oculta, haciéndola visible ante los ojos atónitos de la grada, que desde ese día le creerá Dioses. Es entonces cuando uno se pregunta si existe un efecto memoria en el aire de los estadios o una constelación de balones 'intocados' a la espera de que alguien -los detectives- los active. Y es allí donde se origina el selecto grupo delanteros, volantes, laterales, centrales y defensas elegidos para el viaje de un extremo a otro del campo.
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Entonces, si el tiránico y adiposo Maradona es el Ignatius Reilly del fútbol y Zizú, el Oliveira, el perseguidor de algo que poseía de antemano, es lícita la hipótesis del buscador o el Ulises prototípico. Los 22 sujetos que, de mutuo acuerdo, se citan en un rectángulo durante 90 minutos para ensayar las posibles composiciones que hacen visible la parábola secreta que existía antes de que el medio campo centrara el balón y el mediapunta lo sentenciara como gol. Ahora lo ves, ahora no lo ves.

Razonamiento liguero. Proposición lógica número uno, con variantes detectivescas. Ulises Lima es a Arturo Belano lo que Iniesta es a Xavi Hernández; o bien, Ulises Lima es a Arturo Belano lo que Xavi Hernandez es Messi. Perseguidores a oscuras, Detectives salvajes de balones aún sin tocar.


martes, 14 de septiembre de 2010

Repartirán galletas saladas a las puertas del Bernabéu

CR7 sugiere a la afición abstenerse de dar silbidos. Razón no le falta al delantero cuando pide más apoyo y menos carnicería de parte de sus propios seguidores, pero ya lo dice el refrán. Quien se mete a redentor... Así que a la plantilla merengue, y por tanto al Papa Negro, mañana les toca, con o sin grada silbante, dar un juego convincente en su primer partido de Champions.

El Ajax vuelve a la competición después de cinco años de ausencia, y lo hace tocado. Luis Suárez, el delantero uruguayo del club holandés, se pierde el partido de ida por sanción. Más cómodo no lo puede tener el Madrid. Jugará en casa, con un equipo oxidado que tiene sentado en el banquillo al hombre que en la temporada pasada marcó 35 goles en 34 partidos. ¿Alguna exigencia adicional?

Tal vez el Real Madrid vuelva a justificarse y pida un nueve en las portadas del Marca (30.08.2010) para ganar a cuentagotas o volver a empatar a cero, como ocurrió con la primera jornada de Liga. Es probable. Existe también la posibilidad, ¿por qué no?, de una alianza estratégica para retirar la venta de líquido en todas las instalaciones del Bernabéu y repartir galletas saladas en todas las puertas, para evitar los molestos silbidos. Pero el asunto seguirá siendo el mismo.





El jugador número 12 parece que no siempre está invitado a ser titular, o parece que se le convoca como tal para que se deje la laringe a cambio de cualquier cosa, o para cuando el asunto se ha puesto realmente feo.

La grada, fiel a su naturaleza de informe cuerpo político, ya desea ver materializados los resultados de su fe. Estos dioses suyos cojean mucho. Por eso se mueve, se revuelve silbante y anónima. Por eso hace ruido, CR7. Para que tú hagas fútbol.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Lecciones para una resurrección


Después del 0-4 del Argentina –Alemania en el Mundial de Sur-África , el amistoso de la selección albiceleste contra España en el Monumental de la avenida Núñez fue una resurrección.
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No bastó una España campeona e ineficaz; una España campeona pero justita, campeona pero aburrida, campeona pero sin bandas, ni defensa, ni punto culminante. Tampoco se trató de una España para hacer leña, pero sí de una Argentina que volvía de la muerte.
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Durante los noventa y tres minutos del amistoso, Argentina se levantó del diván de sus ensoñaciones y abandonó la terapia del padre autoritario de Villafiorito. Relevado en su papel de Dios que decomisa dones, Maradona quedó en esta selección como un aspersor de lágrimas y despropósitos, alguien a quién purgar. Y a juzgar por lo ocurrido anoche, parece que Checho Batista supo la forma correcta de hacerlo.
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Batista no sólo recuperó al Messi veloz del primer tanto, sino también a los centrocampistas Banega y a Cambiasso, quienes al ubicarse como volantes por arriba de Masccherano, alimentaron el juego permanentemente tal y como quedó demostrado durante los primeros 15 minutos del partido: la dentellada del Apache en la zona de La Roja, el avance libre y descargado de Messi que estrelló la pelota en la red de Reina, y el gol del insatisfecho Pipa, que marcó el segundo tanto.
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Pegada y cierre en lugar de los patadones y las vergüenzas de Ciudad del Cabo, además de la impecable defensa de Milito y Zanetti. El desafortunado resbalón de Pepe Reina aprovechado velozmente por Tévez, que le dio el tercer tanto a los argentinos, amén del fuera de juego de Di María -que redujo el repaso de cuatro a cinco-, mostraron un partido que carburaba en las botas argentinas como hacía tiempo no se veía.
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Que la salud futbolística argentina pase por el brillo de la estrella dorada en la camiseta de la selección de España no cae en gracia en las crónicas deportivas de la prensa española, pero en el fútbol -como en el psicoanálisis- ningún césped es inofensivo. España todavía se estrena como campeona, aún no sabe que a los vencedores les toca, de vez en cuando, como esta vez a los argentinos, aprender a resucitar.

lunes, 30 de agosto de 2010

Messiánica celeste y Manchega azulgrana


Los manchegos
entienden las planicies mejor que ningún otro. Son capaces de encontrar en sus mesetas la profundidad que otros verían en el mar, consiguen montañas donde sólo hay llanura. Con los gauchos pasa algo parecido. En la pampa manifiesta, en la ausencia total de vértigo, el paisaje los habita. Por eso entienden los espacios planos y crean alturas donde sólo podría crecer el bostezo.
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En la primera jornada de la Liga BBVA durante el partido Racing de Santander contra el FC Barcelona (0-3), el manchego Andrés Iniesta y el argentino Leo Messi hicieron en El Sardinero lo que ningún equipo hizo en todo el domingo: entender el fútbol en lugar de aporrearlo.
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Envueltos en la manta del Barcelona, un equipo que nunca oxida sus partes y jamás desafina sus acordes, ambos jugadores demostraron tener los ojos aburridos de quienes habitan las mesetas y aprenden a levantar lugares impensables en medio de la nada.
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Dos minutos y 37 segundos tardó el delantero argentino en desordenar el césped de los santanderinos y romper el marcador. Hablamos de dos minutos 37. Es decir, trece segundos menos de lo que dura Nowhere man, una verdadera obra de arte compuesta por John Lennon y Paul McCartney para Rubber Soul (1965). ¿No puede acaso ese lapso considerarse tiempo poético?
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Treinta minutos más tarde, el pálido Iniesta, el hombre que escribió A sangre fría en el minuto 98 de Sudáfrica -si pincháis aquí entenderéis porqué lo digo-, hizo lo que acostumbra. Mejor dicho. Hizo lo que distingue a un artista de un farsante. El gesto. Un gesto.

Después de que David Villa hiciera un servicio de centro, el balón se disparó en dirección de Iniesta tras rechazo de Toño, el portero del Racing. Iniesta metió la parte interior del pie y controló con la destreza suficiente como para que el balón trazara un arco perfecto y entrara, cómodo, prácticamente acariciado, en la portería.



Si el gol de Messi había sido un artefacto estético, esto era justicia poética o la puesta en práctica de la teoría acerca de los hombres que habitan las planicies. Dominar una disciplina no es suficiente. Esculpir; unir palabras entre sí y hacer algo más o menos hermoso; repetir acordes y darle estribillo; rodar unas escenas y editarlas de una determinada forma; golpear un balón y empujarlo con patadón a una portería. No es suficiente.
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Las visiones de conjunto, la capacidad de mirar por encima del propio lugar que se ocupa en el momento de ejecutar una acción estética -sí, señores, el fútbol es una acción estética y me perdonan los puristas de los bandos, los gafasdepasta a ultranza y los Marca a ultranza- sólo es posible para aquellos que saben crear abismos donde sólo hay césped.
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La capacidad de emocionar está reñida con la destreza que tiene el creador para habitar y ser lo creado. De ahí que los hombres que provienen de las planicies sepan leer en el llano césped la profundidad que otros ven en el mar. Es por eso que ellos, Messi e Iniesta, entienden el balón como un segundo corazón que palpita fuera de su pecho, ahí, entre los pies, como un viento que sopla peinando la tierra de la que sólo saldrían bostezos si su sangre no bombeara tan mansa y furiosamente.

miércoles, 25 de agosto de 2010

Mirá, Peñarol


Para Sofía, Mariana y la Diosa, Tita Blaster

Año 1960. J.F Kennedy había resultado electo como presidente de los EEUU. Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir viajaban a Cuba para conocer la Revolución de Fidel Castro. Timothy Leary inauguraba la era de la psicodelia al pregonar los beneficios terapéuticos del uso del ácido lisérgico y en España el franquismo cobraba plena forma tras la promulgación, en 1958, de la Ley de Principios Fundamentales del Movimiento Nacional.
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El mundo era un balón descubierto por Pelé en Suecia, en 1958, exactamente cuatro años después de que Alemania ganara la Copa de 1954 y Europa volviese su mirada sobre los teutones, aún perfumados por Nuremberg. El fútbol, otra alquimia política, proponía formas más civilizadas de odiarse.
XX
Año 1960, mejor dicho, un 4 de septiembre de 1960, el Real Madrid se hizo ganador de su primera Copa Intercontinental ante el equipo uruguayo Club Atlético Peñarol tras ganar en el estadio Santiago Bernabéu el partido de vuelta.
XX
El resultado en ese entonces fue 5-1, con goles de Ferenc Puskas -en dos ocasiones, en el minuto 4 y el minuto 9-, Alfredo Di Stéfano, Jesús Herrera y Paco Gento. En el partido de ida, una semana antes, el Real Madrid no mostró mayores destrezas frente a los mirasoles. En un viaje en avión de hélice, a los merengues le costó 36 horas llegar a Montevideo, donde empató a cero.




Cincuenta años después, los dos equipos volvieron a encontrarse sobre el césped del estadio de Chamartín. Y lo hicieron el 24 de agosto de 2010, durante el Trofeo Santiago Bernabéu, el cual fue celebrado como homenaje a la primera Copa Intercontinental conquistada por los blancos en 1960.
XX
Además de esa sensación de que Mourihno entrena en el Bernabéu y el síndrome del juego veloz de los blancos -a toda pastilla, el picotazo enloquecido de un Madrid excesivamente carburado, lleno de nuevos fichajes- el transcurso de los 50 años dio qué pensar.
XX
A diferencia de 1960, esta vez tanto los merengues como los carboneros viven en sociedades ¿políticamente escarmentadas? -las multitudes y las gradas guardan una conciencia tumultuosa al respecto- y ambos habitan un reino donde el futbolista ha dejado de ser bocatto proletario para afinarse como potente máquina cultural.
XX
Aún así, en el campo y desde la grada, veo formas distintas de jugar. Veo a un Madrid mecánico, acelerado, como una máquina cortadora de césped que alguien no ha ajustado. Mientras que en el Peñarol veo un fútbol aún artesano, un trote feliz -lo imaginé más veloz, más limpio- aún empalagado con el azúcar potrero de un equipo que tiende a cerrarse pero que contraataca. Me gusta el humor de esta oncena. Me simpatizan sus morisquetas chanceras para la cara de anuncio que trae hoy el Madrid.



El Peñarol es un equipo emblemático. En él se depositan afectos y títulos. En el año 2009, la Federación Internacional de Historia y Estadística de Fútbol (IFFHS)lo declaró como el mejor Club del siglo XX e incluso, hay quien reconoce y le atribuye a su juego el amor por el fútbol, como es el caso del escritor Juan Carlos Onetti, hincha, al igual que Eduardo Galeano, de los carboneros.
XX
A ese Peñarol afectivo era al que yo esperaba ver anoche. Pero las cosas comenzaron a complicarse. En los primeros diez minutos de partido, el linier pitó la anulación gol de Gonzalo Higüaín, tan apurado por demostrar y poner en juego el balón, que no vio el fuera de juego. Entonces el Peñarol comenzó a deslucir, a hacer demasiadas barridas de pierna y a levantar chuletones de césped sin motivos.
XX
El Madrid acumuló córners sin sentido, Ozil parecía desubicado y el balón parado prometía bostezo. Mis esperanzas de quilombo fueron pocas hasta que el aurinegro Sosa sacó de sus casillas a Cristiano Ronaldo. No logré ver bien desde la grada, pero noté, que CR7 le propinó su buen codazo al uruguayo. No sé qué pasó. Hubo exceso en ese intercambio, así que atribuí la malcriadez a la rabia del luso por no haber marcado aún. Pero las nuevas torpezas de Sergio Canales, quien hizo una burrada a lo Bojan, me malhumoró y me hizo olvidar del asunto.
XX
A la mañana siguiente, leo el Marca en el bar de abajo y me entero de todo. Muerdo una barrita con tomate y me deleito con el deportivo. Repaso el encuentro y justo cuando voy por la tercera página de la crónica estallo en risas. ¿El motivo del codazo? Sosa amenazó a Cristiano Ronaldo con despeinarle. ¡Zidane cabecea a Materazzi por la honra de su hermana o lo que sea, y Cr7 lo hace por el de su peinado!

El partido -que, insisto, para Mourihno era un entrenamiento, así que la grada a tirar para otra parte- cambió con la entrada del nuevo fichaje del Madrid, el argentino Di María, que marcó en el minuto 67. Lo que hasta entonces parecía un ejercicio meramente estético, cobró propósito. El marcador finalizó 2-0 gracias al tiro de penalti cobrado por Rafa Van der Vaart, en el que muchos sospechamos sería su último gol merengue.

Los del Peñarol no tendrán juego rápido, puede que anoche no me apartaran de la vigilancia perpetua que mantuve sobre Ozil, Canales y Sergio Ramos en su rol de central pero esta mañana he estallado en risas cuando me he enterado del porqué del codazo. Cincuenta años, ¡Y el codazo es por el peinado! Cincuenta años para que el fútbol nos traiga, a veces, estas cosas.