domingo, 9 de enero de 2011

Villarrealazo (o los sapos de Magnolia)



No es que esté mal o bien. Es, y punto. Los lugares comunes son así; de esperarse. No más acabar el partido entre el Real Madrid y el Villarreal Futbol Club, salgo del bar y vuelvo a casa. El cigarrillo lo enciendo fuera, de camino al portal. Ya frente al ordenador, abro el Explorer y tecleo los nombres de los equipos. Los titulares llueven como sapos en una secuencia final de Magnolia: sin gracia.

"El Real Madrid hunde al Submarino amarillo". Primer -y último- sapo de la noche. Con esto basta para alzar los brazos. Después de noventa minutos de un fútbol rápido y rapaz, en el caso del primer Villareal, y de un segundo tiempo en el que el Real Madrid tuvo que cambiar el tartamudeo ofensivo y el mediocambio merengón por algo más consistente, resumir el encuentro en tan sucinto titular es poco menos que estafar. Quizás sea el momento de sacar un manual de estilo, blandirlo hacia la nada y gritar: ¡Bastenier, perdónalos porque ellos...!

Que sí, que el apodo da juego y gracia... Nadie lo niega, pero además de versionar por décima octava vez (y mal) el acostumbrado chascarrillo con el que la prensa titula todo encuentro de este Club, convierte este partidazo en un trámite. Sin embargo, parece que cuarenta y cuatro años no son suficientes para dosificar un hábito. Y si hoy el Villarreal se merecía su apodo no era para un titular así. Se lo merecía por muchas otras razones.



En 1967, luego de celebrar su ascenso liguero con El submarino amarillo, una versión de Yellow Submarine hecha por Los Mustangs, el Villarreal comenzó a ser conocido con este mote. La idea de nave potente, de artefacto bélico capaz de avanzar de forma infalible en cualquier agua, reforzó la identidad del equipo al punto de que hace poco, en 2006, la afición -apoyada por el grupo socialista de la localidad- propuso instalar un submarino, un S-63 Marsopa, en Villarreal, la ciudad de la provincia de Castellón a la que pertenece el equipo. La idea no prosperó.

En fin. Es de ese submarino del que estamos hablando. El mismo que después de su enfrentamiento y la remontada antológica contra el Valencia en la Copa del Rey la semana pasada, llegó al Bernabéu despeinando el césped y arrugándole la frente, y la alineación, al Señor Mourinho, quien en sus cambios de libreta llegó a pensar en colocar al mismísimo Sergio Ramos de delantero centro.

Los primeros 45 minutos dejaron la huella de un equipo que, por encima de cualquier cosa, jugaba al fútbol. Ataque veloz. Control absoluto de la zona. Congestión de las bandas madridistas -de pronto delgadas y debiluchas-. Los hombres de Garrido presionaron, y mucho, a un Madrid que no entendía cómo ni de qué forma concretar ocasiones de gol.

Un primer tanto de Rubén Gracia Calmache, Cani, (quien tuvo la desafortunada - porque no valía ya la pena- idea de lanzarle una botella de agua a Mourinho en el minuto 83), rompió el marcador merengue. Al minuto nueve, el centrocampista alemán Mesut Özil -entregado, veloz y currante a más no poder en este partido- dejó un pase de Benzemá a Cristiano, quien marcó así el primero de su Hat-trick para este encuentro.

En ese primer tiempo todo fue escaramuza. El Madrid se deshizo en pedacitos, literalmente, con disparos alocados de Di María y Benzemá -que estuvo constantemente en fuera de juego-, arrebatos de Marcelo y despistes como el de Albiol en el minuto 18, que dieron diana a Marco Rubén. Y todo ocurría mientras el Villarreal se hinchaba sobre los merengues como una nube de humo y fútbol.

Una falta cobrada por Xabi ALonso y rematada de cabeza por Cr7 pusieron el empate en su sitio y fin al primer tiempo. El portugués se fue al vestuario como Pichichi histórico con 22 goles en 18 partidos, por encima de Puskas, que en la temporada 1950-51 había logrado, en el mismo lapso, 21 tantos.

La vuelta al campo obligó al Madrid a replantearse la táctica. El cambio de Sergio Ramos a la posición de central en un cierre de la defensa; la salida de Lass; la siembra del mediocampo con Khedira, y la entrada de Kaká, mejor dicho, la magnífica entrada de Kaká, cambiaron las cosas. Y así llegó el tercer tanto de Cristiano. Un dudoso gol, empañado por un fuera de juego cuyo reclamo le valió cartulina roja a Garrido y al Madrid, por supuesto, el acostumbrado resoplo de la sospecha.

Un Villarreal menos agresivo, menos atinado, seguía buscando hacer pulso, tuteándose con un Real Madrid, ahora sí, más despierto. La remontada heroica es algo que parece estar grabado en los valores del Club, ese otro chascarrillo, ahora corporativo, que impregna cursi y solemnemente a jugadores y aficionados (¿sí, y qué?). Si existe una tablilla con semejante frase tallada en ella, estoy segura de que, en algún lugar, esa modalidad del quehacer épico estará descrito. Sin embargo, y esta vez lo sentí así, mucho del brillo de los merengues vino dado por un rival de calidad. El mejor, de largo, con respecto al resto de los equipos de la Liga Española.


El Madrid sacó lo mejor de sí porque no bastaba un fútbol económico para resolver un encuentro de altura. De ahí que la aparición de Kaká -a su manera, siempre tan ecuménica- haya resultado providencial. Primero un centro que provocó el error de Diego López... y finalmente, una guinda. La guinda. En su tercer partido tras la larga ausencia ocasionada por la lesión, el mediapunta brasileño no necesitó de mucho para conseguir un gol limpio, hermoso. Faltando once minutos para el final, y con asistencia de CR7, Kaká anotó. Un toque santísimo que serviría para cerrar el encuentro y, de paso, callar la inflamación del polémico tercer tanto.

Que no se trata de un submarino hundido o hundidor. Que las aguas no son éstas o aquellas. Que ni periscopios ni escotillas. Que el fútbol resplandece cuando se juega así, con ganas y sin imposturas (a pesar de los saludos al vástago). Que el triunfo de hoy no ha sido blanco, no del todo. Que a pesar de un arbitraje espasmódico, irregular y miope -para ambas partes, aunque la piedras lluevan ahora sobre los merengues-, el fútbol hoy ha sobrevivido a los lugares comunes, a los chascarrillos de teletipo y los adjetivos que caen, como sapos muertos, en las redacciones deportivas.

domingo, 2 de enero de 2011

¡Yo bostezo!

XX
Escena uno. El tedio de un hincha...
19 de diciembre de 2010. Jornada 16 de la Liga. Real Madrid-Sevilla. Uno-Cero. Espectador cansado mira una rueda de prensa preguntándose si los errores arbitrales también pueden enviar a un equipo a la Isla del Diablo. Entrenador aireado sostiene una larga lista de omisiones. La prensa sigue, muy atenta, el suceso. Lo hacen ese día y los siguientes. Que alguien defienda a su equipo, pide el técnico.

20 de diciembre de 2010. La prensa no se despega del míster luso. Y como al Capitán Dreyfus, imparten la condena o, si hace falta, más gasolina para animar la fogata (en la que asarán más salchichas para vender). Como si el asunto fuera importante, realmente importante -como si Merkel no existiera, por ejemplo- el técnico portugués del Real Madrid, ahora convertido en Dreyfus merengue, muta en bucle mediático. Hasta en la sopa.

21 de diciembre de 2010. Debates y tertulias deportivas se posicionan a favor o en contra del míster. Ruedan las imágenes del aludido. Permanentemente le veo alzar su mentón oliváceo, su rostro siempre bien bronceado. Dejo de hacer lo que hago. Levanto la vista sólo para verlo gritar J’accuse. Entonces... ¡sólo entonces!, a mí, por extravagancias menores –el paro, el aumento del 20% en mi pago como autónomo, las truculencias remotas que ocurren en mi país de origen- me da por gritar ¡Yo bostezo!
-Fin de la la escena-

Confesión Uno. Bostezo agresivo.
Me aburro. Algo extraño ocurre. Sintonizo un juego, ése, aquél. El que pasó. Hasta la jornada 16, asisto a la liga con la seria sospecha de estar lesionada. Apoltronada en la barra del bar en el que hasta hace poco podía fumar, miro el fútbol con gesto amargado. Tuerzo la mueca, para que nadie me interrumpa. No quiero hablar. Ni confesar mi credo en la variopinta feligresía futbolera. No me apetece que me cuenten que CR7 es un chupón. No voy a pelear, esta vez no, sobre el verdadero problema del Madrid –¡el medio del campo, joder, el centro del campo!-. Que no es Benzemá el problema, me gustaría gritarle al imbécil de enfrente. Por eso la cara de pocos amigos. Ponme otra clara… y cállate, ¿quieres? (me gustaría agregar, con esos modos de taberna que no poseo del todo, ¡Dios!). Entonces aparece una escaramuza en el área. Grito, me molesto. La barrera se mueve (Uyyyyyy). Tiro al suelo la colilla que hasta hace poco podía tirar y espero a que Cr7 cobre el tiro. Acaba el juego, espero al siguiente. Lo echa la Sexta, justo ahora. Miro al Barcelona. Apunto en mi libreta imaginaria un sombrero que he visto hacer a Pedro (ito). Me visto, de nuevo, con la cara de pocos amigos. No me apetece el monotema. Que si juegan de memoria. Que si así no se puede. Que si aburren por infalibles. ¡Déjenme ver el fútbol en paz. Por favor, en Paz!

Confesión dos. Bostezar versus
Acaba la jornada de fútbol del sábado por la noche. Amanece. Leo el Marca, el As, el Sport y el Mundo Deportivo que mi madre compra religiosamente (junto a El País y El Mundo), todos los días. Y entonces me vuelvo a aburrir, pero esta vez más. Todo lo visto la noche anterior se sintetiza, malamente, en cromos. "Di María salva al Madrid". "Otro recital". Y donde había fútbol ya no encuentro ni catenaccio. Pienso en retomar el blog, éste, pero no me apetece teclear una palabra al respecto. Mientras leo El sueño del celta escucho, al fondo, el resumen de jornada de la Sexta. Y venga a hablar de Mourihno. Mou con libreta. Mou versus Valdano. Mou a la diestra de Di Stefano. Mou y los valores del Club. Mou y el vestuario. Y así estamos, una semanita, antes de Navidad, despachándonos -sin bacalao-al luso. Y yo me pregunto, pero… ¿y el fútbol? ¿cuándo vamos a hablar de fútbol?
X
Bostezo. Paso los canales, días después, en casa de mi madre. Ella no lo sabe aún –se enterará cuando lea esto-, pero cada día me cuesta más hablar de fútbol en familia. Su reciente afición al programa Punto pelota, de la cadena Intereconomía, separa cada vez más nuestras anteriormente civilizadas conversaciones, por acaloradas alharacas en las que ya no hablamos de fútbol, sino de lo que los periodistas creen que es fútbol. Las vacaciones de Messi. El humor de Mou. La manita sí. La manita no. El altavoz en el pecho de Mou, que da a la prensa lo que quiere: ruido. ¿Y el Villareal, y el Valencia, y el Espanyol? Podríamos hablar de Pochettino. Mi madridismo intenta resistir a sus propios fororos –Roncero, ¿por qué no te callas?- y mi aprecio por el juego culé comienza a disolverse en la acetona fanática de sus propios odiadores. Regatearle el balón de oro a Iniesta no es un desatino. Es, simplemente, hacer sudoku con el centimetraje.

Confesión tres. Bostezo paleto.
Al día siguiente del boxing day, rebusco la prensa deportiva. Otra vez sin ninguna esperanza. Confirmo lo que no he podido ver en la tele. El Liverpool no pudo jugar contra el Blackpool a causa de una helada que convirtió el campo en un sorbete. El encuentro entre ambos equipos de la liga inglesa quedó suspendido para el próximo 12 de enero. No me he perdido de nada, pienso, mientras me como una aceituna. Esa mañana picoteé las páginas deportivas, buscando algo más de información de la premier. Pero además de eso nada. Y aunque Torres debería dar de qué hablar, veo poco entusiasmo. Poco Niño y mucho Mou. Otra vez. Pasan los días. Leo en el As un reportaje entero sobre el retraso del vuelo de Mourihno desde Nueva York hasta Madrid. El 75% de la noticia es un cable de Europa Press sobre el estado de los Aeropuertos en Estados Unidos, el resto es especulación. Mourihnología. En la clasificación de la Premier, los Reds siguen mal y aunque Torres haya marcado ante el Bolton en Anfield, no veo mayores comentarios. Los Diablos Rojos arrastran 25 puntos y el noveno en una clasificación de dieciocho, pero más puede el canapé del vestuario madridista en esta merienda de deportistas monotemáticos. Bostezo.

Epílogo (sin cura y sin confesor) Días sin tabaco y … ¿sin fútbol?
Quiero ver fútbol. Leer fútbol. Hablar de fútbol. No de Mourihno. Tampoco del humor salarial de Pepe, ni de los mimos a Messi, tampoco de las tesis acerca de las postcolonias europeas en el mundo del fútbol ni mucho menos de los besos del Capitán a la señorita Carbonero. Mañana volveré al bar. No llevaré tabaco –para qué, si no podré fumar. Me sentaré, Dios quiera, a esperar el regreso de Kaká (pero no la marcha de Özil, espero). Me sentaré, por eso de las patrias, a esperar a que Miku haga un buen partido. Me sentaré, por todos los Santos y de una buena vez, a rezar para que esta lesión no sea grave, para que el bostezo se disipe y el fútbol regrese al lugar del que nunca debería de haberse ido.

jueves, 2 de diciembre de 2010

La enfermedad del fútbol

El minuto de silencio por el clásico lleva más de 72 horas. Desayuno en el bar rápidamente, con sucinta y cobarde ira. Evito los ácidos chistes del camarero del aleti. Evito las portadas del Marca y qué decir del Sport -del lunes para acá lo consulto mucho menos-.

Sí, el minuto de silencio por el clásico lleva más de 72 horas... . y lo reconozco justo el día en que se cumplen 15 años del debut de Guti con el Real Madrid. No sé qué es peor, si su despedida o este homenaje. ¡Ay, maestro Gutiérrez!

Desde hace días evado Punto y Pelota, al siempre elegante Paco García Caridad en Directo Marca y me escondo de El Larguero. Ni me asomo a las firmas de Orfeo Suárez, Santi Segurola y mucho menos a los temperamentales Besa o Carlin.

Me doy la vuelta en la sección deportiva de los informativos y apuro con mi madre y mi hermano las charlas sobre la suerte del Pipa, a quien no le han regalado nada nunca y ahora perece que van a quitárselo todo. No es desdén lo que me ocurre, es algo mucho peor.

Sobrevuelo con ansiedad el vídeo de Youtube en el que dos de mis grandes defensas favoritos chocan en la desaforada agresión de uno para con el otro. Ramos abofeteando a Puyol -sin contar la entrada del sevillano a Messi, et alli-.Burbujeo, como Ramos, entre la ira y la incomprensión. Me duele esa imagen como si tuviera que ver en algo conmigo, ¿tiene que ver? Pues sí. Son mis dos fichas de la selección.

Me ocurre ahora lo que en los museos y las librerías. No me controlo. Una espuma invisible de rabia que suele brotar ante el artista farsante o el escritor listillo es lo que llevo puesto desde el día del clásico. Esta vez, a diferencia de ésas, me callo. Y lo hago porque la sintomatología está muy avanzada. Porque si existe la enfermedad del fútbol, yo la contraje.

Y no es nueva. Ya Nick Hornby la tipificó en Fiebre en las gradas, pero yo la llevo, y muy mal. Lo hago con ansiedad y nerviosismo. Y desde ese día, cada partido me genera una cierta psicopatía . Me pasó con el aleti el miércoles y, ayer, mirando con el rabillo del ojo al Villareal también.

Si quedo con alguien para conversar, no puede ser a la hora del fútbol. No me concentro. Sea de lo que estén hablándome. Y aunque creo que no se ha desbordado -aún disimulo-, debería hacérmelo ver.

Insisto, el minuto de silencio ya pasa de 72 horas. Y de pronto me descubro estudiando alineaciones. Mirando de nuevo los tantos de Villa en el Camp Nou mientras me repito a mí misma: Lo sabía, lo sabía. En cuanto este chaval sintonizara y se bajara de la parra, todo empeoraría. Y revuelvo la sacarina del café como si preparara el conjuro de una quiniela oculta y esotérica.

jueves, 25 de noviembre de 2010

¡Que Dios te bendiga, macarra!


"El deportista sabe lo que le hace feliz y lo que le vuelve loco, y también sabe cómo reaccionar en cada caso. A su manera, es un auténtico adulto. Y precisamente por eso, le sería casi imposible ser amigo tuyo"
Richard Ford. Periodista Deportivo (1986)

Ese sábado Sergio Ramos marcó contra el Athletic de Bilbao. Lo hizo de penalti, vistiendo su número 4. Esa herencia que empuja como una bestia en el algodón de su camiseta. Ese día, en la jornada número doce de la liga, Ramos anotó el tercer gol del partido contra los bilbaínos; también su primer tanto de la temporada.



En la historia del Club, ningún defensa merengue había marcado de penalti desde los tiempos de Fernando Hierro, esa larga sombra a la que Ramos entró a sustituir en el año 2005 y que aún sigue dándole vueltas en su no muy definida posición de central. Sin embargo, en aquel entonces, Sergio Ramos tenía apenas 19 años y destacó, entre otras cosas, por ser el único fichaje español de la galáctica era florentina.

Venía del Sevilla para reemplazar a un jugador al que ni podía, ni puede aún, parecércele. A diferencia de Hierro, que más que un futbolista parece un metal, una aleación que precipita al calentarse, Ramos, en cambio, está hecho de otro material. Algo a mitad de camino entre la piedra y la nada. Ramos o cae de sopetón, o sobrevuela como un rapaz. Lo suyo es ponerse el mundo por montera o tatuaje.

En la temporada 2009-2010, el sevillano jugó 33 partidos, todos como titular.Siendo uno de los defensas más agresivos en su tipo, el jugador de Camas es capaz -incluso en su propio perjuicio- de subir como un potro la banda y lograr el milagro de no dejar huecos al bajar a cubrir un contraataque.

La temporada pasada, sólo en la liga española, Ramos marcó 4 goles, 3 de ellos peinando la pelota, un gesto que se ha convertido prácticamente en su sello. A eso se suman 33 remates, también 19 de cabeza y 312 balones recuperados. Eso, sin contar que a sus 23 años ya había jugado 50 veces de internacional con La Roja (el Niño Torres alcanzó esa cifra a los 24), a lo que podríamos agregar que se había hecho, también, con una Eurocopa y una Copa del Mundo.

Defensa en casi todas las posiciones, su brillo ha estado casi siempre en en el lateral derecho, y aunque muchos quisieran verle permanente de central, otros nos deleitamos mirándole despeinar el césped por la banda.El atributo de Ramos es, a veces, su extraña y casi providencial ceguera, su rara manera de estar en otro lado -¿en la parra?, ¿en dónde?- para aparecer, directo y sin escalas, en un despeje de espanto o un rechazo antológico.Por eso la sorpresa del sábado pasado contra el Athlétic de Bilbao.

A muchos se nos quedó la sangre helada -esa manía de lagartija de grada a la que nos acostumbran estos hombres de corazón caliente- cuando el lateral sevillano decidió que la falta hecha contra Di María en el minuto 56 sería suya. A los pocos minutos de que Undiano hiciera sonar el silbato, Ramos ya había cogido el balón para hacerse con el tiro. Madre mía, ¿qué hace Ramos?

Acostumbrados a verle peinar pelotas en el área, la grada no entendió porqué el andaluz pasó por encima de Cristiano Ronaldo, el lanzador de faltas por excelencia, o el propio Xabi Alonso, el encargado de cobrar el tiro. Y todo lo hizo sin fanfarrias, ni chulerías o gruñido. Tiro porque me toca. Y ya está.

Con o sin piruleta, Johan Cruyff solía –y sigue siendo- lapidario y en este caso, una frase suya me viene a la mente como derribo para quienes nos quedamos con la boca abierta. "El problema para entender las enormes tensiones mentales de los futbolistas nace de la extendida creencia de que son todos idiotas”.

La frase de Cruyff no sólo es la patada del Ramos dispuesto de marcar. Es el chute de adrenalina, el gas inflamable, el factor sorpresa en un Madrid políticamente correcto, que aplana y derriba, pero que extraña la mueca rebelde a la que ahora sólo Mourinho parece tener derecho de uso.

¿Por qué cobró Ramos el penalti? Eso no lo sé. A su salida de vestuario, con una sonrisilla de “me la he cobrao”, habló de haberse sacado una espina ante un gol que se le resistía. Habló del acicalado Cr7, de que él era un amigo y que un amigo podía cederle un gol. Y aún me quedo con la duda. ¿Chiste de vestuario o arrebato del sevillano?



La coz del defensa pilló por sorpresa al mismísimo Mourinho, que con su avinagrada boca, sólo atinaba a repetir "¿Por qué tira el penalti Ramos? ¿Por qué?" Y no alcanzaba todavía el luso a recibir una explicación convincente cuando repetía la pregunta con voz de mando y boca abierta de bagre mugiente.

En el encuentro contra el Athletic, el niño de Camas no sólo tiró la falta, sino que además la condimentó con agallas, como si aquel gol en lugar de ser un tanto se tratara de una verónica contra sí mismo. Y todo lo hizo ante la mirada atónita de un Mourinho que seguía repitiendo "¿Por qué lo ha tirado? ¿Por qué lo ha tirado?" La inesperada cortesía de Cr7 colocaba la guinda sobre un merengón raro, un cacao que sólo alguien como Ramos podría haber montado.



Ese día, Ramos hizo lo que sabe: desconcertar. Porque así es él, un vaivén. El sevillano está siempre cerca de ser perfecto, hasta que aparece en su cabeza la borrasca. Entonces se convierte en lo que, quienes le seguimos, somos incapaces de entender. ¿Qué pasa por la cabeza de este chico? ¿En qué está pensando cuando se desboca, cuando peina las pelotas con la fuerza bruta de quien tiene muy clara algunas ideas?

En su novela La Broma infinita, el novelista David Foster Wallace narra, entre muchas de las historias y escenas, la vida de Orin, el hijo mayor de una familia enloquecida. El chico es un tenista juvenil mediocre, reciclado en pateador de un equipo de futbol, que tiene fobia a las cucarachas y que se dedica a seducir madres jóvenes. Su hermano menor, Hal, es brillante. Se trata, en efecto, de un ágil estudiante y un veloz tenista que llegó a memorizar el diccionario sólo para impresionar a su madre. Vamos, una cápsula de petri donde la locura, competición y la sospecha de una inteligencia que conduce en la vía contraria se fermentan, poco a poco. ¿Será esto lo que pasa con seres como el central o el mismísimo maestro Gutiérrez?

Gran parte de la novela de Wallace gira alrededor de la Academia Enfield de Tenis, uno de los escenarios principales de la novela, muy cercano a Enner House, un centro de desintoxicación. Mientras los residentes de la Ennet House intentan superar su adicciones, los niños de la competitiva y Academia de tenis se colocan.

Todo esto ocurre en medio de una alucinada familiaridad hogareña, a punto siempre de romperse. Algo así como un mundo de gas que espera el pelotazo seguro de las expectativas. Pienso en el penalti de Ramos, mi reciente tendencia a ver en el fútbol un lenguaje superior y comienzo a preguntarme, seriamente, si un día de estos empezaré a hablar de langostas.

Releo las páginas de La broma infinita y siento que a veces veo en Ramos a los dos personajes,a Orin y a Hal, peleando dentro de su uniforme, como una batalla de gatos furiosos a punto de arrancarse los ojos a la velocidad de sus piernas y la vivacidad de sus jugadas.

Cartulinas aparte, porque no me interesa hablar de las rojas del AJAX, tengo aún en mi mente al Ramos brillante que para impresionar a sus propios vitorinos -para ser el torero que es sin capote- se ha puesto frente a los tres palos. Y lo ha hecho sin pedir perdón ni permiso. Ole, macarra. Que Dios te bendiga.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Sobre la esfericidad de ciertas catedrales



Si Mario Livio aseguró que Dios estaba en las matemáticas, Julio Cortázar domesticó el cuento proclamando su esfericidad y Vasily Kandinsky comprobó que el blanco es en el alma de los seres humanos el silencio de las posibilidades, entonces mi corazón de ganado puede mugir tranquilo su oración de grada.

En las últimas jornadas de liga, y la mayoría de los encuentros de Champions League, sobre la feligresía merengue se posa una iluminación. Parece que en cada jornada, el Real Madrid perfecciona su juego. Es como si, de pronto, los jugadores no pertenecieran a sus propios cuerpos sino al lugar que ocupan en el campo.

Dependiendo del orden y la posición de una pieza, la armonía de una obra asciende o se quiebra, lo mismo que ocurre en todos los lenguajes: desde la matemática hasta la música. Una posición adelantada puede ser tan desafortunada para quien la perpetra como para quien la ignora o la permite -¿les dice algo el último San Siro?, tal y como los malos poetas que se hacen aplaudir por sus aún peores lectores.

Después de dos temporadas desastrosas y tras cambiar de entrenadores cinco veces en cuatro años, el Real Madrid parece justificar, al fin, su nívea indumentaria. Y lo hace siguiendo los axiomas por los que la mayoría de los filósofos y los estetas han perdido la cabeza, ya sea por la vía de la voluntad o la guillotina: la matemática, la esfericidad y la blancura. ¡Que Goethe nos agarre confesados, porque yo de Roncero estoy sinceramente cansada!

Si Dios está en las matemáticas, el credo madridista baja del Photocall del Olimpo y se gana su aureola a patadas con las estadísticas. Cito: En el partido de ida contra el Milan, las ocasiones totales de gol de los italianos fueron 8, ¡ocho ocasiones de hechas por 11 hombres a lo largo de 90 minutos! En ese mismo tiempo, en el mismo partido, tan solo Cristiano Ronaldo hizo la misma cantidad de ocasiones de gol.




Pero dejemos a un lado a Cr7, demasiado contaminado mediáticamente. Citemos a Sergio Ramos, defensa merengue, segundo capitán del Madrid e internacional con la selección española. Ramos es el lateral que más balones roba en la Liga: uno cada 7 minutos.

El dígito de la temporada… Özil, el medio ofensivo izquierdo, que ya suma 14 partidos entre Liga y la Champions - 12 de ellos como titular- . A lo largo de todo estos encuentros, el benjamín ha marcado 4 goles, ha participado en 4 asistencias de gol, efectuado 18 disparos y 9 disparos a puerta. Su juego es tan potente como la órbita de sus ojos raros y el efecto barrido de sus veloces regates.

Enamorada y salvaje, la grada del Bernabéu, tan dada a la pedante y aristócrata mueca del forofo ofendido, más de una vez se ha puesto de pie para aplaudir a este joven de 22 años que sin saber hablar una palabra de español parece entender a la perfección un juego que a Benzemá le ha costado –y seguirá costándole- meses o años, para deletrear. Y he allí mi segundo axioma. La esfera estética, en este caso más cortaziana y arquitectónica que mística, entre otras cosas porque la época de Los ángeles blancos ya pasó… ¿Verdad Carlin?

El blanco, considerado en el código del arte y el pensamiento occidental como la máxima presencia de luz, la metáfora del conocimiento como vía para llegar a la perfección, el éxtasis religioso o la pureza, es el color que viste a esta oncena. Y vale -seamos sinceros-, estos señores puede que no destaquen por las virtudes de un Santo Tomás o las iluminaciones de un San Agustín y, sin embargo, esferizan lo plano.

La alineación en la que sintonizan Di María y Özil logra lo que en su momento hizo el arco romano, a fin de cuentas una abreviada circunferencia, con las primeras iglesias románicas: descargar el peso de los gruesos muros, permitir la aparición de columnas y los posteriores arcos ojivales, un tipo de estructura cuyos nervios permitían sostener el peso de la construcción y dejar libres las paredes para la aparición de enormes ventanales. Las iglesias se llenaron de luz. Las catedrales se estiraron como peticiones y en ellas entraron los rayos del sol intervenidos por el juego de los rosetones y los vitrales.

Esa es la luz que ha entrado en Chamartín. Con un extremo como Di María, que ayuda a defender y descarga a los laterales, y un medio menos patoso –bendito con el polivalente Xabi Alonso- dotado de un juego más creativo, el Real Madrid es capaz, ahora sí, de ganar por knock out.

Decía Cortázar al referirse los cuentos, que un relato, para ser tal, debía poseer una esfericidad, una capacidad para atarlo todo a medida que cobraba forma. Así, una vez que se acercaba su fin, todo en la historia cobraba un pasmoso y envolvente sentido; de ahí la teoría del argentino de que mientras el cuento ganaba por knock out, la novela lo hacía por puntos. Pues así está este Madrid, esférico, como un artefacto del Cronopio Mayor.

He visto catedrales elevarse por encima de mi diminuta y hueca cabeza. He conocido las versiones restauradas de basílicas que, se supone, lucían de otra forma al momento de ser construidas, pero algo en esta noche de camorra e injusticia –veo el partido de vuelta, Milán-Madrid- me muestra en el minuto 90, con el gol de Pedro León, a un equipo que eleva catedrales, para que entre ellas toda la luz y, por qué no, el silencio de las posibilidades en el alma de los que aún desean.

sábado, 30 de octubre de 2010

Retrato de un hombre trabajando


Hace ya cuatro años desde entonces, pero he vuelto a verla. En el último partido del Real Madrid que vi en el campo, contra el Racing, me propuse con Özil la misma tarea que en su día acometieron el británico Douglas Gordon y el francés Philipe Parreno con Zidane: seguirle atentamente durante todo el partido.

No tenía las 17 cámaras, tampoco las pretensiones de la pareja de artistas, y mucho menos el talento para hacer de eso un acto estético. Yo lo hice por razones futboleras, ellos por temas plásticos. El asunto es que mi experimento terminó con un gran dolor de cabeza, una idea fragmentada del juego del alemán y la imperiosa necesidad de volver a ver Zidane, a 21st Century Portrait (2006).

Este vídeo a color fue realizado por Gordon y Parreno el 24 de abril de 2005 en un encuentro entre el Real Madrid y el Villarreal en el estadio Santiago Bernabéu. Dura en total 90 minutos -el tiempo de juego- y tiene como particularidad el hecho de que en él sólo interviene, desde distintos puntos de vista, Zinedine Zidane, en ese entonces jugador del Real Madrid.



Para llevar a cabo este proyecto, Gordon y Parreno echaron mano de 17 cámaras digitales de 70-2.100 mm enfocadas sólo en él. La precisión nos acerca a detalles tan nimios como las botas del astro, una banda en su muñeca, o los poros de su rostro. Todo en el vídeo nos empuja al dorsal cinco, al galáctico, que parece flotar en el eco de la muchedumbre y el sonido de su propia respiración.

Zindane, a 21st Century Portrait fue presentada en el 59 Festival de Cannes, en la Feria Art Basel y sobre ella se escribieron muchos ensayos, entre ellos The job changes you, de Tim Griffin, editor de Art Forum, quien se planteaba el culto debate del retrato dentro del estadio, el lugar por excelencia de la cultura de masas. Lo curioso, y en eso hay que darle la razón a Griffin, es que la mirada permanente sobre Zidane muestra a un hombre absorto, volcado en el hacer.

Y es justamente esa noción aislada del individuo en medio de la acción lo que hace resaltar aún más. Zizou solo en la acción llega a transmitir incluso lo que veríamos un año después en su cabezazo a Materazzi: el solipsismo, la idea del hombre consigo mismo. En el terreno audiovisual, en la cancha, el lugar de los vítores y los Once de la tribu (Villoro dixit), es posible aún retratar a un hombre que está solo y rodeado. El retrato del artesano, del hacedor o el campesino de los siglos XVII o XVIII se traduce, de pronto, en un hombre de pantalón corto –admirado por 80.000 espectadores- aprisionado en 17 visiones simultáneas de sí mismo. Los videoartistas además, deliberadamente, silencian a la multitud, la difuminan, la alejan y la acercan, y crean una banda sonora en la que uno puede ver al argelino flotando –abstraído- con un fondo musical de Mogwai.

Gordon, el videoartista británico, ganador del Premio Turner (1996), la Bienal de Venecia (1997) y Hugo Boss (1998) dijo en su momento que ésta no era “una película sobre el fútbol, es un retrato de un hombre trabajando”. De hecho, poco antes de llevar a cabo la filmación, Gordon y Parreno se fueron al Museo del Prado para conseguir justamente en Velázquez y Goya los referentes que buscaban.

Ahora que vuelvo a ver una parte del vídeo –en España se presentó en el Musac-, me viene a la mente la idea de pedestal, ventana, recuadro, escenario. El campo es el lugar de las representaciones simultáneas. Ocurre todo a la vez, la victoria, la derrota, la acción de 22 jugadores, la grada e incluso la propia e íntima soledad de un hombre retratado por 17 cámaras. Miro el vídeo y sin saber porqué, me emociono.

domingo, 17 de octubre de 2010

'Iván, el terrible' y otras chatarras del odio

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El partido entre Italia y Serbia para la fase de clasificación de la Eurocopa 2012 duró seis minutos. No más. El marcador empataba a cero en el estadio Luigi Ferraris de Génova cuando una bengala cayó a los pies del portero italiano Francesco Viviano. Pero a ésa siguió otra, otra más, y otra más. Fue entonces cuando el árbitro decidió suspender el encuentro entre los dos equipos del Grupo C. Los hinchas serbios habían logrado, al fin, su objetivo.
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Esto podría ser fútbol, si hubiese un balón de por medio. Pero no es el caso. Los más de 100 ultras serbios que derribaron las barreras de plexiglás, se enfrentaron con la policía y atacaron a su propia selección, no eran una horda eufórica, tampoco un rebaño de corpulentas ovejitas negras pringadas de alcohol. No descargaron su furia contra los Azurri. No era precisamente contra ellos que descargaban buena parte de la artillería.

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Poco antes del encuentro, Vladimir Stojkovic, el portero de la selección serbia, fue alcanzado por una bengala arrojada contra el autobús del equipo. El técnico italiano Cesare Prandelli dijo a la prensa que, a su llegada al estadio, encontró a Stojkovic, temblando, en los vestuarios de los Azzurri. 400 "hinchas" dispuestos a linchar a su selección. Una forma curiosa del afecto en la grada. Eso, o se trataba de los jugadores número doce más letales en toda la historia del fútbol. Sinceramente, no me creo ninguna de las dos.
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Entre los 17 arrestados en Génova, el más suculento es el líder Ivan Bogdanov, el hombre grueso, cubierto con un pasamontañas y los brazos tatuados que se trepó a la valla de seguridad para cortarla con unos alicates. En otras instantáneas puede vérsele arrojando bengalas cual ciclópeo personaje. Iván el terrible, como ahora le llama la prensa italiana, tiene 29 años y es el líder del grupo Tigres de Arkan, seguidores del club serbio Estrella Roja.
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Tigres de Arkan habla por sí solo. Arkan es el apellido de Zeljko Raznatovic Arkan, quien, en los años noventa, durante la descomposición de la antigua Yugoslavia, organizó y fungió de líder de los ultras del Estrella Roja, a la vez que ejercía de criminal militar durante el conflicto yugoslavo con el grupo paramilitar Tigres. Esta facción de ultraderecha propugnaba, entre otras causas, la superioridad racial serbia y la necesidad de una limpieza étnica... ¿Alguna coincidencia?
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Usando el pretexto del patriotismo, Arkan supo combinar fútbol, fanatismo y violencia.Inoculó, como ocurrió también en la década de los ochenta, ese discurso de los serbios como una raza superdotada para la acción y el deporte, pero humillada por las potencias extranjeras. Lo que vimos el 12 de octubre fue la espuma, la boca rabiosa venía detrás.
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El deporte, más concretamente el fútbol y el baloncesto, se identificó como una manera de vencer, humillar y mantener a raya a los enemigos extranjeros y las razas inferiores (bosnios). Bogdanov como corpulento y mostrenco sucesor de Arkan está haciendo lo que le enseñaron: odiar.
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En los noventa, los ultras del Estrella Roja se convirtieron en una banda de choque contra los del Partizán, que fue no sólo un rival deportivo sino también racial. El Estrella Roja es serbio, dicen sus seguidores; el Partizán es un equipo musulmán. Ya nos podemos imaginar, claro está, quién se supone el racialmente superior en este asunto. Una expresión, en miniatura y con alineación, del conflicto balcánico. Lo que ocurrió en Génova está más que claro. Bogdanov lo dijo, además. Él y sus chicos iban por Stojkovic. Formado en el Estrella Roja y ahora fichado por el gran rival, el Partizán, el portero incurrió en la traición y había que hacerle pagar por eso. A un precio cívicamente enloquecido, pero había que hacerlo.
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Lo que se vio ese día no es para enrostrárselo al fútbol, porque en nada tiene que ver con sus leyes ni con sus asuntos. Esta violencia viene de otra parte. Está fuera del césped. Viene de un lugar lejano, de una guerra perdida en el tiempo, que todavía sigue expulsando sus satélites y chatarras de odio.