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miércoles, 29 de septiembre de 2010

Manual de futbol para turistas, ilegales y expatriados

En verano de 2008, un cayuco con cuatro cadáveres -los otros diez los habían arrojado al mar- y 55 personas vivas llegó a la isla de la Gomera proveniente de Senegal. Los sobrevivientes, interceptados por una lancha de la policía, formaron parte de los 13.000 náufragos ilegales que ese año intentaron pisar territorio español. Ellos entraron vivos en las estadísticas. Cerca de 7.000 no lo consigue, se los traga antes el mar.

Año tras año, África expulsa a los suyos en un viaje de más de 1.500 kilómetros y cinco días desde Mauritania hasta el norte de las Islas Canarias, la ruta más transitada para quienes deciden emigrar. Existen otras cuatro formas diferentes de llegar al archipiélago canario, cada una con un precio cercano a los 600 euros por tripulante, aunque si el cayuco parte de Marruecos, el viaje asciende a 1.500, según cifras aportadas por La Cruz Roja.

En estas barcas, de unos 25 o 30 metros de largo, pueden viajar entre cien y ciento treinta personas. Campesinos, cabreros, mecánicos, pescadores, universitarios. Se calcula que las mafias que comercian con la inmigración ilegal ganaban cerca de unos 75 millones de euros anuales entre los años 2008 y 2009, antes de la crisis económica –la cifra de desempleo en España creció de 11% a 18%- que hizo descender a sus mínimos históricos los niveles de inmigración ilegal. Los traficantes de migrantes son a su manera, coyotes del agua. Su trabajo es embarcar, y embaucar, a los pasajeros. El resto lo hace el mar, la suerte o la muerte.

Los hombres que desembarcaron ese verano llevaban casi una semana conviviendo con una purulenta tripulación de cadáveres en descomposición. Llegaron a tierra cual pasajeros de una barca fúnebre. Después de pasar los controles médicos y aún a la espera de una respuesta sobre la legalidad de su estatus en suelo español, uno de ellos compareció ante la prensa española, que no tardó en hacerse eco de su historia.

Tenía los ojos negros y la piel brillante. Los dientes blancos y la mirada desenchufada. Parecía un hombre que llega del infierno como si se tratase de un lugar normal. A la espera aún sobre su posible repatriación, este estropeado marinero, este Ulises pinchado en su barca de hule, dijo haber cumplido, al fin, su sueño. No sólo había llegado a España, sino que lo había hecho vistiendo una camiseta del FC Barcelona, un sentir que bien podría ser una marca pero que arranca furores incluso en lugares como Sierra Leona.

El sujeto pronunció sus palabras como quien está en trance: mirando hacia ninguna parte y vistiendo los jirones de algo que en algún momento fue una sudadera de rayas azules y granate. El negro, de ojos sin corriente, llevaba puesta la camiseta con el dorsal 10, el número del delantero derecho argentino Lionel Messi, quien también había cruzado una extensa mancha de agua para llegar a España, de otra forma, pero la había cruzado diez años antes, en 1998.

Messi, nacido en Rosario, Argentina, llegó a Barcelona siendo apenas un adolescente con problemas de crecimiento. Pero tras dejar apalabrado y firmado su contrato en una servilleta, se convirtió en el niño prodigio de La Masia, la cantera azulgrana de la que han salido prodigios como Guillermo Amor, Pep Guardiola, Xavi Hernández y Charles Puyol.


Al momento de entrar en La Masía, Messi tenía apenas 13 años. Lo habían rechazado en el River; era demasiado pequeño para su edad. Hoy apenas alcanza el metro setenta, estatura suficiente para ser el Balón de Oro 2009, el primer argentino en obtener el premio que entrega la revista France Football y el séptimo azulgrana después de Luis Suárez, Cruyff, Stoichkov, Ronaldo, Rivaldo y Ronaldinho. Cosas del mar...

***

Anfiteatro del Camp Nou, distrito de Les Corts, Barcelona. El Templo culé –y catalanista- en pleno y más agudo orgasmo. Las gradas desde donde veo el primer tiempo de los azulgrana contra el Valencia limitan con el palco de Joan Laporta, en aquel entonces todavía presidente del equipo y canciller deportivo del independentismo catalán. No en vano, meses después, justo antes de que el Tribunal Constitucional se pronunciara (sin hacerlo finalmente) sobre el Estatut y tras lograr el triplete de Champions, la Liga Española y la Copa del Rey, un henchido Laporta se lanzó a la calle para pedir respeto a la soberanía catalana. Lo hizo varias veces. La primera a luz del día.

La segunda, de madrugada y con antorchas, durante la conmemoración del 69o aniversario del de la muerte último presidente republicano de la Generalidad, Lluís Companys, quien fue fusilado por fuerzas franquistas en el foso de santa Eulàlia del Castillo de Montjuic, en 1940.

A mi lado, un par de ancianos hablan en el más puro y duro de los catalanes. Una orgía de eles y plaus imposible de descifrar para cualquier oído pedestre. Los hombres no se han dirigido a nadie en castellano. Puede que no les interese, que no lo necesiten, o que en este estadio nadie hable español y aún no me haya dado cuenta. La megafonía canturrea, también en lengua local y sin traducción, las señas de un niño perdido que espera a sus padres en la puerta número 56. “El nen extraviat, a la porta número cinquanta-sis”.

Dos filas más atrás, un hombre de piel negra –brillante, casi como una piedra lisa y pulida- grita improperios y vítores. Lo hace en un español defectuoso y provisional, un español incompleto y rudimentario pero profundo. Lanza palabras que parecen dichas por un niño. Palabras incompletas, cortadas, casi nuevas y poco aceitadas. “Gudjohnsen, tío, no vales para nada. Para nada”. Y aunque le faltan acentos y vocabulario, al voceador le sobra razón.


Miro al campo y compruebo las afirmaciones de mi vecino de grada. Eidur Gudjohnsen, el que en ese entonces era el centro campista islandés de los catalanes para la temporada 2006-2007, era un paquete. Por eso lo traspasaron al Mónaco. Pero Gudjohnsen era lo que menos importaba en este momento. Era la piel brillante del hincha y sus palabras poco aceitadas. Eran sus gritos y su emoción. Me di la vuelta

Su grueso forro polar. Sus manos toscas, hinchadas de cargar cosas. ¿Qué hace este hombre? ¿En qué trabaja para costearse una entrada en esta zona de rancios y abonados catalanes? Su voz parecía la uña que chirría contra un pizarrón. Una electricidad que enciende cuando alguien es capaz de asignarle al césped del campo la condición de una patria a la que sí parece invitado.

El hombre continuó gritando improperios contra Gudjohnsen ¿Y quién se supone el resto para sospechar de su abono, la elección de su patria o lo que sea? La pareja de ancianos catalanes mascaba palabras incomprensibles, mientras yo me quedé mirándome las uñas y los prejuicios.

Los afectos ciudadanos que despiertan el azul y el granate del Barça suponen una heráldica cuyo efecto se equipara a las cuatro barras rojas de la bandera catalana. Recoge Robert Hughes, en Barcelona La Gran Hechicera, la leyenda que atribuye las barras de la bandera catalana a una leyenda según la cual éstas son las marcas que dejó el hijo de Carlomagno para Wilfredo el Velloso, el fundador de la independencia nacional de Cataluña.Tras mojar sus dedos dentro de la herida del guerrero Velloso, rascó el escudo con las yemas dejando cuatro trazas de sangre. Cuatro líneas rojas y rectas. Las mismas que hoy dan ritmo a la bandera catalana.

La leyenda, insiste Hughes, jamás ha sido confirmada, porque las fechas de muerte de ambos personajes son demasiado remotas, valga acotar. Más allá de eso, nadie supone una escena de ese tipo con el suizo Hans Gamper y los 12 culers con los que fundó el Club, pero la épica es necesaria, de lo contrario, quién cruzaría el mar en una barca llena de cadáveres vistiendo las espaldas con la réplica futbolera del garabato guerrero.

Hay quienes dicen, entre ellos Kevin Connolly y Rab MacWilliam en Campos de Gloria. Senderos Dorados, que las rayas de la camiseta culé, se supone, están inspiradas en los colores del Merchant Taylor’s, el colegio privado al que asistió Alfres Whitty, el primer capitán del equipo catalán. Pero ninguna patria, sea propia o adoptiva, puede ser aséptica. Para que sea propia o deseada como tal, necesita una mise en escène. Y la ciudadanía del balompié no escapa a esas coreografías cívicas. Necesita danza, arrebato.

El Cant del Barça podría ser el himno nacional de una nación de inmigrantes. "No importa de dónde vengamos, si del sur o del norte, pero estamos de acuerdo, una bandera nos hermana". Y a pesar de eso, la versión oficial, compuesta en 1974, está íntegramente escrita en lengua catalana. He ahí el extraño cosmopolitismo barcino, imposible de descifrar, incluso en el himno de su club de fútbol.

Esa patria se juega con los pies. Su himno es la muchedumbre y la dirección de su estadio un pase que sigue la avenida de la Diagonal. Aquí todos tienen derecho a pitar por igual. El hombre del español poco aceitado, el chico que no llega al metro setenta, el malhumorado abuelo de las “eles” y los “plaus” y hasta el mismísimo xarnego de Juan Marsé del barrio El Carmelo.

En medio de todos nosotros hay demasiado césped, también enormes manchas de aguas, cercanas o remotas, pero suficientes para nadar durante toda la eternidad. Y entonces me da por pensar de nuevo en el hombre del Cayuco que pisó España con la camisa del Barcelona. Pienso en él mientras muerdo, sin mucha convicción, la cáscara salada de una pipa.

lunes, 30 de agosto de 2010

Messiánica celeste y Manchega azulgrana


Los manchegos
entienden las planicies mejor que ningún otro. Son capaces de encontrar en sus mesetas la profundidad que otros verían en el mar, consiguen montañas donde sólo hay llanura. Con los gauchos pasa algo parecido. En la pampa manifiesta, en la ausencia total de vértigo, el paisaje los habita. Por eso entienden los espacios planos y crean alturas donde sólo podría crecer el bostezo.
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En la primera jornada de la Liga BBVA durante el partido Racing de Santander contra el FC Barcelona (0-3), el manchego Andrés Iniesta y el argentino Leo Messi hicieron en El Sardinero lo que ningún equipo hizo en todo el domingo: entender el fútbol en lugar de aporrearlo.
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Envueltos en la manta del Barcelona, un equipo que nunca oxida sus partes y jamás desafina sus acordes, ambos jugadores demostraron tener los ojos aburridos de quienes habitan las mesetas y aprenden a levantar lugares impensables en medio de la nada.
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Dos minutos y 37 segundos tardó el delantero argentino en desordenar el césped de los santanderinos y romper el marcador. Hablamos de dos minutos 37. Es decir, trece segundos menos de lo que dura Nowhere man, una verdadera obra de arte compuesta por John Lennon y Paul McCartney para Rubber Soul (1965). ¿No puede acaso ese lapso considerarse tiempo poético?
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Treinta minutos más tarde, el pálido Iniesta, el hombre que escribió A sangre fría en el minuto 98 de Sudáfrica -si pincháis aquí entenderéis porqué lo digo-, hizo lo que acostumbra. Mejor dicho. Hizo lo que distingue a un artista de un farsante. El gesto. Un gesto.

Después de que David Villa hiciera un servicio de centro, el balón se disparó en dirección de Iniesta tras rechazo de Toño, el portero del Racing. Iniesta metió la parte interior del pie y controló con la destreza suficiente como para que el balón trazara un arco perfecto y entrara, cómodo, prácticamente acariciado, en la portería.



Si el gol de Messi había sido un artefacto estético, esto era justicia poética o la puesta en práctica de la teoría acerca de los hombres que habitan las planicies. Dominar una disciplina no es suficiente. Esculpir; unir palabras entre sí y hacer algo más o menos hermoso; repetir acordes y darle estribillo; rodar unas escenas y editarlas de una determinada forma; golpear un balón y empujarlo con patadón a una portería. No es suficiente.
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Las visiones de conjunto, la capacidad de mirar por encima del propio lugar que se ocupa en el momento de ejecutar una acción estética -sí, señores, el fútbol es una acción estética y me perdonan los puristas de los bandos, los gafasdepasta a ultranza y los Marca a ultranza- sólo es posible para aquellos que saben crear abismos donde sólo hay césped.
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La capacidad de emocionar está reñida con la destreza que tiene el creador para habitar y ser lo creado. De ahí que los hombres que provienen de las planicies sepan leer en el llano césped la profundidad que otros ven en el mar. Es por eso que ellos, Messi e Iniesta, entienden el balón como un segundo corazón que palpita fuera de su pecho, ahí, entre los pies, como un viento que sopla peinando la tierra de la que sólo saldrían bostezos si su sangre no bombeara tan mansa y furiosamente.