
No es fácil escribir estas líneas. Han transcurrido 18 años sin ganar una Copa del Rey. Se ha vencido, al fin, el plazo. Aunque celebrar un título con la salsa agridulce de la vergüenza, mejor dicho, festejar con la blanda borrachera del que se siente triturado por el fútbol que usó Mou el sábado 16 de abril, y hoy, contra el Barcelona, es duro. No sólo es duro … es demoledor.
Al momento de escribir esto, siento el efecto de unas cinco o seis Heineken. Y no me avergüenza admitirlo. Como tampoco me sonroja poner por escrito los rubores que brotan en mis mejillas al reconocer los muchos pases equivocados, la demasiada defensa, la poca vocación ofensiva de los merengues, la demasiada calma al momento del contraataque. ¿Se puede avanzar caminando cuando eres un mediocentro? Y yo me pregunto… ¿mereció ganar el Real Madrid la Copa del Rey?
¿Es este un espectáculo futbolístico previo a la Champion League que se avecina? Y me da por menear la cabeza … Estoy ahora en San José, la capital de Costa Rica que los ticos mientan afectivamente Chepe. En este sitio el fútbol es un contagio . Ya lo decía John Carling: el balompié es la religión mundial. En semejante iglesia, el Barcelona oficia su misa como la creencia mayoritaria, la mayor en este pueblo de orillas entre los océanos Pacífico y Caribe. Después de invertir 120 minutos en un bar de presencia mayoritariamente culé y masculina, escribo esta desilusionada crónica con la amargura de la victoria a cuestas.
Me gustaría ser entusiasta. Y sin embargo, no puedo. Cuando vi a Xabi Alonso colocado en la banda y a Pepe en el centro de una alineación cancerbera, me pregunté …¿jugaremos o defenderemos? En el segundo tiempo del partido contra el Barcelona, después de unos grasientos nachos con fríjoles, mi pregunta estaba más que respondida: un equipo reactivo, casi italiano, me di cuenta de que el Madrid actuaba en función de las acciones de los blaugranas. En Mestalla, las cosas ocurrían sin gracia. Ergo Mou invertía lo justo.
A miles de kilómetros, sentí desilusión de llevar mi camiseta estampada con el dorsal de Ramos. ¡Vaya negocio! Muy Bien, ¡Hemos ganado, pero el Barcelona había jugado más y mejor que el Real Madrid! No voy a entrar en el fuera de juego que anuló el gol del Barcelona, porque milimétricamente era correcto. Hablaré de las muchas ocasiones del Barcelona y de las muchas menos del Real Madrid. El gol de Cristiano fue producto de una ocasión aislada, de una excepción en las estadísticas del partido, hablaré más bien, del poco juego de equipo, de la economía grupal, del contraste. Hablaré de mi lógica satisfacción como hincha y de mi disgusto como amante del fútbol. Hablaré de mi confusión y de estos raros derbis chepes y de contradicción que corre por mi mente con su tufo a cebada y espasmo.
¿Así es el fútbol? No lo sé.
Me gustaría poder comprar el Marca mañana y leer a Santiago Segurola. Quizás así tendría más clara ciertas cosas. Quizás. Pero resulta que justo al amanecer me iré Al pie de un volcán y, como Alma Guillermo Prieto, escribiré –aunque mal- de otras cosas, sobre muchas otras cosas. Creo yo…
