
"El deportista sabe lo que le hace feliz y lo que le vuelve loco, y también sabe cómo reaccionar en cada caso. A su manera, es un auténtico adulto. Y precisamente por eso, le sería casi imposible ser amigo tuyo"
Richard Ford. Periodista Deportivo (1986)
Ese sábado Sergio Ramos marcó contra el Athletic de Bilbao. Lo hizo de penalti, vistiendo su número 4. Esa herencia que empuja como una bestia en el algodón de su camiseta. Ese día, en la jornada número doce de la liga, Ramos anotó el tercer gol del partido contra los bilbaínos; también su primer tanto de la temporada.
En la historia del Club, ningún defensa merengue había marcado de penalti desde los tiempos de Fernando Hierro, esa larga sombra a la que Ramos entró a sustituir en el año 2005 y que aún sigue dándole vueltas en su no muy definida posición de central. Sin embargo, en aquel entonces, Sergio Ramos tenía apenas 19 años y destacó, entre otras cosas, por ser el único fichaje español de la galáctica era florentina.

En la temporada 2009-2010, el sevillano jugó 33 partidos, todos como titular.Siendo uno de los defensas más agresivos en su tipo, el jugador de Camas es capaz -incluso en su propio perjuicio- de subir como un potro la banda y lograr el milagro de no dejar huecos al bajar a cubrir un contraataque.

Defensa en casi todas las posiciones, su brillo ha estado casi siempre en en el lateral derecho, y aunque muchos quisieran verle permanente de central, otros nos deleitamos mirándole despeinar el césped por la banda.El atributo de Ramos es, a veces, su extraña y casi providencial ceguera, su rara manera de estar en otro lado -¿en la parra?, ¿en dónde?- para aparecer, directo y sin escalas, en un despeje de espanto o un rechazo antológico.Por eso la sorpresa del sábado pasado contra el Athlétic de Bilbao.
A muchos se nos quedó la sangre helada -esa manía de lagartija de grada a la que nos acostumbran estos hombres de corazón caliente- cuando el lateral sevillano decidió que la falta hecha contra Di María en el minuto 56 sería suya. A los pocos minutos de que Undiano hiciera sonar el silbato, Ramos ya había cogido el balón para hacerse con el tiro. Madre mía, ¿qué hace Ramos?
Acostumbrados a verle peinar pelotas en el área, la grada no entendió porqué el andaluz pasó por encima de Cristiano Ronaldo, el lanzador de faltas por excelencia, o el propio Xabi Alonso, el encargado de cobrar el tiro. Y todo lo hizo sin fanfarrias, ni chulerías o gruñido. Tiro porque me toca. Y ya está.
Con o sin piruleta, Johan Cruyff solía –y sigue siendo- lapidario y en este caso, una frase suya me viene a la mente como derribo para quienes nos quedamos con la boca abierta. "El problema para entender las enormes tensiones mentales de los futbolistas nace de la extendida creencia de que son todos idiotas”.
La frase de Cruyff no sólo es la patada del Ramos dispuesto de marcar. Es el chute de adrenalina, el gas inflamable, el factor sorpresa en un Madrid políticamente correcto, que aplana y derriba, pero que extraña la mueca rebelde a la que ahora sólo Mourinho parece tener derecho de uso.
¿Por qué cobró Ramos el penalti? Eso no lo sé. A su salida de vestuario, con una sonrisilla de “me la he cobrao”, habló de haberse sacado una espina ante un gol que se le resistía. Habló del acicalado Cr7, de que él era un amigo y que un amigo podía cederle un gol. Y aún me quedo con la duda. ¿Chiste de vestuario o arrebato del sevillano?
La coz del defensa pilló por sorpresa al mismísimo Mourinho, que con su avinagrada boca, sólo atinaba a repetir "¿Por qué tira el penalti Ramos? ¿Por qué?" Y no alcanzaba todavía el luso a recibir una explicación convincente cuando repetía la pregunta con voz de mando y boca abierta de bagre mugiente.
En el encuentro contra el Athletic, el niño de Camas no sólo tiró la falta, sino que además la condimentó con agallas, como si aquel gol en lugar de ser un tanto se tratara de una verónica contra sí mismo. Y todo lo hizo ante la mirada atónita de un Mourinho que seguía repitiendo "¿Por qué lo ha tirado? ¿Por qué lo ha tirado?" La inesperada cortesía de Cr7 colocaba la guinda sobre un merengón raro, un cacao que sólo alguien como Ramos podría haber montado.
Ese día, Ramos hizo lo que sabe: desconcertar. Porque así es él, un vaivén. El sevillano está siempre cerca de ser perfecto, hasta que aparece en su cabeza la borrasca. Entonces se convierte en lo que, quienes le seguimos, somos incapaces de entender. ¿Qué pasa por la cabeza de este chico? ¿En qué está pensando cuando se desboca, cuando peina las pelotas con la fuerza bruta de quien tiene muy clara algunas ideas?

Gran parte de la novela de Wallace gira alrededor de la Academia Enfield de Tenis, uno de los escenarios principales de la novela, muy cercano a Enner House, un centro de desintoxicación. Mientras los residentes de la Ennet House intentan superar su adicciones, los niños de la competitiva y Academia de tenis se colocan.
Todo esto ocurre en medio de una alucinada familiaridad hogareña, a punto siempre de romperse. Algo así como un mundo de gas que espera el pelotazo seguro de las expectativas. Pienso en el penalti de Ramos, mi reciente tendencia a ver en el fútbol un lenguaje superior y comienzo a preguntarme, seriamente, si un día de estos empezaré a hablar de langostas.
Releo las páginas de La broma infinita y siento que a veces veo en Ramos a los dos personajes,a Orin y a Hal, peleando dentro de su uniforme, como una batalla de gatos furiosos a punto de arrancarse los ojos a la velocidad de sus piernas y la vivacidad de sus jugadas.
Cartulinas aparte, porque no me interesa hablar de las rojas del AJAX, tengo aún en mi mente al Ramos brillante que para impresionar a sus propios vitorinos -para ser el torero que es sin capote- se ha puesto frente a los tres palos. Y lo ha hecho sin pedir perdón ni permiso. Ole, macarra. Que Dios te bendiga.