
Si antes se sucedía a Maradona, ahora se sucede a Zidane. No es para menos. Su manera de jugar marcó un antes y un después en el fútbol de finales del siglo XX. Sobre sus hombros el Rey Pelé abrochó la insignia, también sucesora, de incluirle entre los 125 mejores de la historia. Fue elegido como mejor jugador del mundo en tres ocasiones (1998, 2000, 2003) y la UEFA lo proclamó el mejor futbolista europeo de los últimos 50 años.
Como lo fue el uruguayo Enzo Francescoli en su infancia, Zidane se convirtió en una linterna que arrojó una nueva luz para las generaciones de jugadores que crecieron viéndole tratar a la pelota con la suavidad de quien unta mantequilla en un trozo de pan. Elegante, veloz, acróbata de un fútbol preciosista -pero sin horteras florituras-. Eso es Zidane, un ídolo a través del cual es posible asomarse, también, a la sociedad europea que sobrevino al derrumbe del colonialismo y la disolución de las fronteras culturales por la vía del astro mediático.

Insisto. Hace dos noches, en el partido en el que el Real Madrid pudo, al fin, revertir el maleficio de los octavos, coincidieron en el mismo estadio el Rey y sus delfines. Irrregular todavía, casi intermitente, Özil hizo discreto honor a la herencia que muchos se empeñan en atribuirle, para muestra, el botón que cerró la noche: su pase de cabeza a Di María para el disparo, mejor dicho el tiro de gracia, que remató al Olympique en un 3-0 raro, quebrado y lleno de sobresaltos, pero 3-0 al fin y al cabo.

En el Olympique, sin embargo, las cosas no mejoran. En Lyon se duda de la rentabilidad de un fichaje (22 millones) que esta temporada lleva apenas 3 goles en 26 partidos y que en el Mundial de Sudáfrica jugó unos pocos minutos -affaire Domenech de por medio-. Anoche, el tufillo de la sospecha volvió a impregnar al medio campista, quien a pesar de la temida potencia y precisión de sus jugadas a balón parado y su visión de juego, no anotó ni hizo posible siquiera una diana para el Olympique.
No sé yo qué tanto ni qué tan cerca de sucederle se mostraron ayer los delfines en el campo ante la mirada reposada del monarca desde el palco del Real Madrid. Özil ha dicho que no está ni cerca de la estela de Zizou y define su estilo casi como un credo que debería darnos qué pensar. Los campos de fútbol no son -nunca han sido- planas e inocentes alfombras de hierba. En ellos juegan religiones, creencias, deudas y mestizajes tanto técnicos como étnicos. Ha de ser por eso que uno, peregrino hincha, se emboba ante Los 11 de la tribu.