
En el mundo de la música, el Unplugged, en español desenchufado, se conoce como pequeñas series de conciertos en los que los artistas comenzaron a interpretar su música en conciertos organizados por la cadena de televisión MTv. Su principal característica fue -y sigue siendo- el empleo de arreglos sin uso de instrumentos eléctricos. En los Unplugged, los grandes artistas brillaron y los mediocres se ennegrecieron como la más barata de la alhajas. Una versión descafeinada, raquítica, famélica y futbolística del invento musical más importante creado por la cadena norteamericana en los noventa, fue lo que vimos ayer del Real Madrid en el Santiago Bernabéu.
Aficionado como parece últimamente a convertir el firme y brillante metal en chatarra, este Real Madrid, apagó los amplificadores y en lugar de jugar en coro, se atrincheró una vez más en el guión de los partidos de Liga y Copa. Existe un fútbol defensivo, que cuando se juega correctamente puede llegar a ser de los mejores, cuando en el despeje hay recuperación y pegada, pero no cuando la maniobra se centra en desviar balones para sembrarse en el área sin estirar la jugada. Eso fue lo que hizo el Real Madrid. Creó, como en ocasiones pasadas, una gruesa cortadora de fiambre: Lass, Pepe y Xabi Alonso, completamente desenchufada del tridente Di María, Özil y Cristiano.

Atribuir la derrota del Real Madrid a la expulsión del defensa luso es apenas una de las muchas causas de fondo. El arbitraje, en general, fue intermitente, extraño. Tuvo sus irregulares ejemplos con el silencio de Stark ante una fuerte y escandalosa entrada de Keita a Arbeloa, que apenas y fue atendida por el colegiado. Pero citar esa falta implica hablar también del gancho de Adebayor, los piscinazos de Di María, los teatros de Busquets,o, ya fuera del campo, las macarradas de Pinto y Arbeloa. En el terreno de juego, El Barcelona cometió 61 faltas, contra las 45 del Real Madrid. ¿Por qué entonces los blancos terminaron con 10 y los blaugranas con once? Sin embargo hablar de los árbitros es una costumbre del que no supo defender sobre el césped lo que reclama sobre la lista de tarjetas. Cuando el juego es escaso desde un comienzo, los problemas precipitan al instante. Y desde hace tiempo, en el Real Madrid no hay suficiente fútbol para llegar cómodamente a los tres palos del contrario. Y he allí el problema. El centro del campo: si no puedes solucionarlo para tu provecho, conviértelo en un problema para el contrincante. Eso parece haber pensado el técnico madridista.
Durante el partido de ayer, la hinchada pedía más ataque. Más. Pero la falta de corriente entre las bandas -a pesar de Marcelo, el multitasking-, el centro del campo -muy ocupado en machacar al Barcelona- y los delanteros madridistas, no sólo impedía armar juego, sino también concretar ocasiones. El Madrid apenas tuvo un 26% de posesión del balón. Y esa es una verdad incontestable. Se puede gestionar un resultado, pero no se puede jugar permanentemente a la quiniela. Hay que jugar al fútbol. Y si el que escogió Mou fue el defensivo, que ayer fue aparatoso y ortopédico, debía al menos ser consecuente. Ya presionados, y en un juego plagado de individualidades, la entrada de Adebayor en lugar de Özil supuso un corrientazo ofensivo que podría haber funcionado, de no haber sido porque la salida de Pepe -la picadora del centro del campo en los últimos tres juegos- dejó el campo libre a Messi.
Hubo, hay que decirlo, un partido paralelo donde ni Mourihno ni Pep Guardiola estuvieron a la altura. Un partido falto de fútbol y de elegancia que se trasladó al campo, en una intermitencia de empujones, peleas, innecesarias exhibiciones de hombría, barrigonazos y macarrismo que además de enlentecer el tiempo de juego, agregaron una tensión innecesaria. Eso, sin contar que las declaraciones de nuestro técnico debieron ser hechas a título personal. Sus palabras no representan un vestuario ni a una afición. Él no tiene el permiso del madridismo para tirar la toalla, y lo que hizo anoche, además de una pataleta, fue una irresponsabilidad para con el sentimiento que él representa.
Me gustaría pensar que Wembley está más cerca del Camp Nou de lo que parece, pero un partido de vuelta en el que no podrán jugar Sergio Ramos, Adebayor, Arbeloa o Pepe, pone aún más cuesta arriba las cosas para el equipo merengue, que esta vez tendrá que pedir de quienes lo seguimos que ocupemos el lugar indispensable del jugador número 12 en la alineación sentimental. Creo que una sequía europea como la que atraviesa el Real Madrid exige algún corrientazo, una fe mínima en el fútbol que nos hace ir a Chamartín y no a al Manzanares. Creo que, aunque lo parezca, la borda no es justa. Bienvenidos sean los voltios, porque aunque Mourihno tenga su momento de rabieta y asco, no estamos eliminados. No todavía.