
Es de las personas que más respeto; una de las poquísimas a las que escucho y a las que, estoy segura, seguiré escuchando. Y aunque no es la primera vez que le oigo decir algo parecido -me ha reñido por mi "absurdo madridismo", por dedicar tanto tiempo a ver, hablar y leer sobre fútbol-, esta vez ha sido diferente.
“Me gusta el fútbol, pero no tanto como para tomármelo en serio y, por tanto, me cuesta creer que alguien escriba sobre él en serio”, me ha dicho. No voy a cuestionar la razón que tenga o no para opinar de tal o cual forma, porque uno solo de sus argumentos bastaría para evidenciar la razón, infalible, por encima de mi blanda intuición. Y sin embargo, algo escuece. Eppur si muove ó E pur si muove.
Cuando llegué a España hace ya unos años, para mí el fútbol era eso, un deporte. Y puede que un gran deporte, o El deporte. Después de cuatro años, el fútbol es, y lo he dicho, una forma de ejercer ciudadanía, de hacer bulto -como siempre, sí- con motivos en apariencia más pedestres, menos heroicos. Ya no vamos a la guerra. Vamos al clásico. O al derby. O al final de Champions. O como queráis llamarle. Simon Kuper dixit.
En el fútbol, las patrias -tal y como las entendíamos- son cada vez más débiles. Se es del Inter o del Milan. Del Madrid o del Barcelona. No importa el lugar de donde procedan los feligreses, porque asumirán el Club como un sucedáneo. La tribu es el territorio, y no al revés.
Y sin embargo, miento. Porque ésa es sólo una de las vivencias del fútbol: la que se tiene desde el primer mundo, desde la amplia meseta de las -inalterables e infranqueables- clases medias europeas. Pero en algunos otros lugares, algunos de de topografía social y física más pronunciada, las patadas valen, y mucho. Ellas pueden ser la diferencia entre que un benjamín y su familia entera vivan mejor, o que se quede uno en el camino del trapicheo y los otros en el foso de la pobreza. Excepciones, claro, siempre excepciones. Telúricos brotes en un continente donde todo proviene de la naturaleza.
Que la gente se apasione más por las antipatías que despiertan entre sí delanteros o entrenadores que por las mayorías parlamentarias. Que el bar matutino esté despierto para denunciar pillajes arbitrales y no expediciones del FMI. Que para el gobierno francés el motín de su selección en Suráfrica fuera un tema de Estado. Que once señores en pantalones cortos desfetichicen la bandera española -y lo saben, porque sí, que la bandera (izada en determinados lugares) no es una tela neutra- es algo que merece alguna curiosidad.
El problema, como en todas las ciudadanías, se esconde en el exceso. Del hincha al fanático doméstico enajenado, ése que, como yo, ha tenido que levantarse de la silla e irse, para no hacer tragar un cenicero al míster jubilado que en el bar se despacha -como si supiera- la defensa del club querido. Lo he hecho. Y sí. No está bien. El territorio es la tribu. Y quién mejor que Juan Villoro para contarlo.
Ésta no es una respuesta, ni mucho menos, para quien me ha puesto a pensar estas cosas. Es tarea que he traído a casa, al autobús, al invariable vagón de la línea cinco. Es una obligación que ronronea y retoza, pendiente de atención, entre un libro sobre el liberalismo político a medio de leer de Lassalle, otro más de Carlin (Los ángeles blancos) y los diarios de Alejandra Pizarnik. Esto no es, en absoluto, un respuesta. Es sólo una acrobacia, una cuenta pendiente, un motivo para que no quede duda: escucho, aunque no lo parezca, escucho.